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Comer es un acto político

César Rodríguez Garavito
octubre 2, 2015

Publicado en: El Espectador

La comida saltó de las páginas de cocina a los titulares políticos y judiciales.

 

El Ministerio de Salud propone gravar las bebidas azucaradas. La Corte Constitucional le ordena al Congreso regular las etiquetas de los productos alimenticios para que los consumidores sepan cuáles contienen ingredientes modificados genéticamente. La pobre calidad de los almuerzos en los colegios públicos disparó un debate nacional. Uno de cada diez niños colombianos sufre desnutrición crónica, nos recuerda el director regional del Programa Mundial de Alimentos.

De modo que “si usted ve la comida sólo como comida, si piensa en ella sólo como placer, tiene la cabeza escondida en un hoyo”, como escribió el experto Mark Bittman. Pues bien: a juzgar por la falta de discusión sistemática sobre la comida en los medios, la academia, el Estado y la sociedad civil, parece que en el país aún tenemos la mirada bajo tierra.

Para traerla a la superficie, habría que desenterrar las múltiples aristas y los efectos profundos de la comida. En últimas, “qué y cómo comemos define, en buena parte, el uso que hacemos del planeta, y qué pasará con él”, dice Michael Pollan en El dilema del omnívoro. Porque lo que nos llevamos a la boca conecta tres mundos: la agricultura, la nutrición y el medio ambiente, cada uno con efectos políticos, sociales y legales fundamentales.

De dónde vienen y cómo se cultivan los alimentos tiene mucho que ver con el tipo de economía y de sociedad en la que vivimos. Una cosa es la agricultura industrial de los monocultivos, los galpones de pollos aprisionados en jaulas minúsculas o las granjas de vacas criadas con antibióticos. Otra es la agricultura campesina de rotación de pequeños cultivos sostenibles, o la creciente producción de alimentos orgánicos y la cría de animales en condiciones adecuadas. La diferencia está en las políticas y las normas: la agricultura industrial no prosperaría sin los subsidios o incentivos a las grandes plantaciones de maíz o soya en lugares como EE.UU. o Brasil, o a los fertilizantes químicos en países como Colombia.

Todo lo cual está vinculado, por relaciones causales de doble vía, con la calidad de la dieta y el medio ambiente. Allí donde se subsidia la agricultura industrial, las toneladas excedentes de cultivos como el maíz son transformadas en productos químicos que van a parar en las gaseosas y la comida chatarra de las dietas responsables por los niveles de obesidad, diabetes y enfermedades coronarias que disparan los costos del sistema de salud. En países como México, Chile o Dinamarca, donde se gravan las bebidas azucaradas, se limita la propaganda de comida chatarra que apunta a los niños o se subsidian los vegetales (en lugar de la carne), se reducen los costos en salud y la huella de carbono.

Habrá que reconstruir el vínculo vital e intelectual entre la agricultura, la nutrición y el medio ambiente. Así lo proponen coaliciones como la Cumbre Agraria, o movimientos como el agricultura urbana. Todos los cuales nos recuerdan que, en últimas, comer es un acto político.

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