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Condón-alos porque no saben lo que hacen

César Rodríguez Garavito
octubre 7, 2008

Publicado en: El Espectador

ESCRIBO DESDE UN CASERÍO MISERAble en Sucre donde lo único que los ‘paras’ no lograron dominar fue la tasa de natalidad.

 

ESCRIBO DESDE UN CASERÍO MISERAble en Sucre donde lo único que los ‘paras’ no lograron dominar fue la tasa de natalidad.
Niños en calzoncillos corretean por las calles destapadas sin que se vea un adulto en cuadras. De varios ranchos se asoman jóvenes preñadas que se mecen mecánicamente al ritmo de la champeta mientras esperan. Y las mujeres crecidas cuentan historias de los cuatro o cinco embarazos que tuvieron antes de que algún médico caritativo les “regalara la operación”, muchas veces a escondidas de sus maridos.

Me pregunto si Joseph Ratzinger —el ex inquisidor ungido como Papa— habrá visto una escena como ésta. Imagino que no. Porque sólo así se explica que este fin de semana haya reiterado el rechazo de la Iglesia a los condones y los demás anticonceptivos. La misma doctrina que ha subyugado a las mujeres de todo el mundo, expuesto a millones de personas al riesgo de contraer el sida y provocado un cisma porque miles de católicos han abandonado el redil ante semejante absurdo. Basta recordar el último episodio: hace dos meses, 60 organizaciones católicas le pidieron al Papa echar para atrás esta posición por ser “catastrófica”, especialmente para los pobres del mundo que terminan pagando, con muertos y embarazos no deseados, la falta de información y acceso gratuito a los anticonceptivos.

En lugar de escuchar estas voces del sentido común, Benedicto XVI se declara perplejo y pregunta “cómo es posible que hoy el mundo, y también muchos fieles, encuentren tanta dificultad en comprender el mensaje de la Iglesia, que ilustra y defiende la belleza del amor conyugal en su manifestación natural”.

Pero el Papa se mostró magnánimo e hizo una excepción. Reconoció que en “el camino de la pareja puedan verificarse circunstancias graves que hagan prudente distanciar los nacimientos de hijos o incluso suspenderlas”. ¿Una ventanita para los condones o la píldora cuando no hay con qué alimentar a otro hijo? Noooo. Porque a renglón seguido la Iglesia reitera que la única alternativa es el método de “observación de los ritmos naturales de la fertilidad de la mujer”. Aquél en el que yo te observo, tú me observas, y nosotros nos embarazamos. Ahí están los datos que muestran que el método “natural” termina en embarazo 25% de las veces.

Para no hablar de las estadísticas sobre las miles de muertes por sida que se habrían evitado con un simple condón. Muertes que la Iglesia sigue negando cuando dice que ella, literalmente, no tiene velas en ese entierro porque la pandemia nada tiene que ver con la religión. Y cuando agrega, como lo hizo el portavoz del Vaticano, que las políticas de salud pública que promueven el uso del condón no han tenido éxito frente al sida.

Si todo esto fuera un asunto de unos cuantos jerarcas desconectados de la realidad, vaya y venga. Pero los sectores más conservadores del catolicismo —como el Opus Dei que tiene tanta vara en el Gobierno colombiano— se encargan de difundir el mensaje. Hay que ver el lobby que hacen contra las políticas de planificación familiar promovidas por los Estados y por UNFPA, la agencia de la ONU que trata estos temas.

En Colombia, la gravedad del problema está a la vista. Estudios recientes muestran que el uso de anticonceptivos ha disminuido en los últimos años, y que somos el tercer país con más embarazos adolescentes en toda América Latina: 152.000 mujeres menores de 20 años dan a luz cada año.

Que la historia los condon-e. Porque no saben el daño que hacen.

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