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¿Cuánto cuesta la antipatía?

Mauricio García Villegas
junio 18, 2016

Publicado en: El Espectador

La semana pasada escribí una columna sobre la norma que permite evitar el Pico y Placa en Bogotá pagando una suma de dinero. Pocas veces antes había yo recibido tal cantidad de mensajes en pro o en contra de lo que digo.

 

¿Qué hay en esta medida que la hace tan polémica y despierta tanta sensibilidad en la gente? Eso se debe, creo yo, a que ella viola la regla de la fila, que es una norma básica y fundamental de justicia ciudadana. Los viajes en la ciudad funcionan como filas; filas en las que hay que esperar a que los que llegaron primero (al semáforo, al cruce, al parqueadero, etc.) pasen primero. El Pico y Placa es como un semáforo que obliga a que la gente espere antes de pasar.

Las filas tienen excepciones, claro. Por ejemplo, un anciano o una mujer embarazada pueden pasar primero. ¿Pagar cinco millones de pesos puede ser una justificación para pasar primero? No lo creo. Obtener privilegios otorgados por el Estado (no por el mercado) y fundados en el dinero o en la clase es algo, por decir lo menos, odioso. Por eso, por ser odioso, ese privilegio tiene efectos culturales graves, sobre todo en una sociedad en donde la desigualdad es tan grande. Los economistas suelen desconocer esos costos, pero ellos son reales, de largo plazo y muy altos.

Supongamos que en un colegio hay una fila muy demorada para almorzar debido a que sólo una persona atiende; se decide entonces que los niños que paguen el doble por su almuerzo pasen primero y ello con la idea de conseguir el dinero que permita contratar a un segundo empleado. ¿Se justifica esa medida? No lo creo. Tal vez si el colegio demuestra que no existe ninguna otra forma de obtener esos recursos (lo cual es poco probable) la decisión podría justificarse. Lo mismo pasa en la ciudad con la norma en cuestión: ¿no hay una manera menos odiosa de conseguir esos recursos? Yo creo que sí y doy dos ejemplos: cuadruplicar el impuesto de rodamiento o cobrar impuestos a las camionetas 4×4, que contaminan más y ocupan más espacio.

Algunos economistas, como Marc Hofstetter, de la Universidad de los Andes, sostienen que la medida se justifica por tres razones: 1) porque la norma actual es ineficaz, dado que muchos la violan (blindajes, segundo vehículo, Uber, etc.), pero ese no me parece un argumento para justificar la norma, sino para tomar medidas contra esas violaciones, lo cual, es cierto, no es algo fácil. 2) Porque la norma funciona como cualquier impuesto que afecta el precio de un bien, como por ejemplo subir el precio del whisky para que la gente tome menos. Pero las vías públicas no son cualquier bien y, además, en este caso no es un pequeño cobro para todos por igual (como un peaje o un arancel, por ejemplo), sino una gran suma de dinero que sólo algunos pueden pagar. Y 3) porque la medida no desmejora la situación de los que están peor (eficiencia de Pareto). Pero eso no es cierto; se calcula que habrá un incremento del 3 % en el número de vehículos que transitan, lo cual hace que la fila sea más larga. Ese porcentaje es bajo, pero eso no importa. Cuando uno está haciendo la fila y alguien se cuela, no importa si la fila es de diez personas o de 100, uno se indigna por igual. Muchos casos de economía experimental (el juego del ultimátum, por ejemplo) demuestran que a la gente le importa más la justicia que la eficacia.

Así, pues, la exoneración del Pico y Placa es una norma que la gente percibe como antipática, por no decir injusta. Yo sé que a la mayoría de los economistas no les interesa medir estas cosas, pero de todos modos les pregunto, ¿cuánto le cuesta a la ciudad añadir una dosis adicional de antipatía en el alma de los bogotanos?

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