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Cultura, geografía e instituciones

Mauricio García Villegas
agosto 3, 2012

Publicado en: El Espectador

En su reciente visita a Jerusalén, el candidato presidencial Mitt Romney dijo que el desarrollo de los pueblos dependía de la cultura y que las diferencias entre Israel y Palestina se explicaban por eso.

 

A pesar de la torpeza del ejemplo propuesto por Romney para explicar su teoría (Palestina es un territorio ocupado y por eso no es comparable con Israel, su invasor), la idea de que el desarrollo económico depende de la cultura cuenta con defensores serios, desde Max Weber hasta Robert Putnam. Pero también hay pensadores que opinan lo contrario, es decir, que no es lo cultural sino lo material (la geografía, los gérmenes, el imperialismo, etc.) lo que determina la suerte de los pueblos.
Sin embargo, ambas teorías (la cultural y la material) son insatisfactorias, empezando por la cantidad de ejemplos que las contradicen, como el de las dos Coreas (una rica y otra pobre), que tienen la misma cultura, o el de Haití y República Dominicana (también diferentes), que tienen la misma geografía.
Ante el fracaso de estas teorías (no para Romney, claro), en las últimas décadas han surgido nuevas ideas, impulsadas desde los noventas por el premio Nobel Douglass North, que encuentran la clave del desarrollo en las instituciones. El libro más reciente de esta corriente se titula Why nations fail, de Acemoglou y Robinson, muy comentado, incluso en estas páginas. Allí se sostiene que los países que tienen éxito son los que adoptan instituciones políticas incluyentes y que favorecen, con incentivos, la creatividad y la inclusión económica.
Estas ideas han logrado un gran consenso en el mundo político e incluso en el académico; a tal punto que, como dice Gerard Roland, “hoy todos somos institucionalistas”.
Yo, sin embargo, tengo dos reservas frente a estos economistas. La primera es que, a veces, sus ideas se parecen mucho a las teorías culturalistas, con las cuales suelen compartir un ideario neoliberal. Las instituciones son vistas por ellos como culturas institucionales: los pueblos que progresan son los que tienen una tradición de libertad, igualdad y aprecio por el esfuerzo personal; los que fracasan son aquellos que no tienen esa tradición, que es como decir que no tienen esa cultura. Además, hay algo de tautológico en todo esto: algo así como sostener que el éxito depende del éxito.
Lo segundo es que, al leerlos, uno tiene la impresión de que todo depende de la elección libre de las élites de los países. Así, el éxito de los Estados Unidos y el retraso de Latinoamérica tendrían origen en el tipo de reglas que adoptaron sus gobernantes durante la colonia: inclusivas y abiertas en un lado, excluyentes y cerradas en el otro. Pero esta explicación no tiene en cuenta los factores culturales y estructurales que incidieron en la adopción de esas reglas. ¿Hasta qué punto era posible que la corona española hubiese adoptado la libertad económica cuando dependía del oro para sobrevivir?; ¿qué habría pasado si los ingleses hubiesen encontrado grandes cantidades de oro y millones de indígenas que trabajaran por ellos?, ¿habrían seguido siendo liberales?
No sé a ustedes, pero a mí todo este debate me sugiere que la fórmula del desarrollo exitoso no depende de un solo factor (cultura, geografía, instituciones, etc.), sino de varios, y que las instituciones son importantes pero que no pueden ser pensadas por fuera de la cultura y de las estructuras materiales.
Por eso quizás valga la pena leer el libro reciente de Alejandro Portes y César Rodríguez titulado Las instituciones en Colombia (Uniandes, 2012), en el que se defiende la idea de que el desarrollo depende de un “institucionalismo denso”; uno que justamente incluye estos otros factores culturales y materiales. También sería bueno que Romney lo leyera, claro.

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