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De compras por Bogotá

Vivian Newman Pont
enero 7, 2014

Publicado en: El Espectador

Para este 2014 decidí dejar atrás mi ya tradicional tacañería. En Nochebuena, y teniendo en cuenta que los clásicos deseos de paz y armonía nunca se cumplen, me lancé por un cambio radical en mis peticiones.

 

Opté por pedir a los cielos que me dieran riqueza, lujo y estatus. Como uno tiene que poner de su parte para volver realidad sus deseos, lo primero que hice fue ir donde un economista para recibir mis primeras lecciones. Le oí decir que era importante aparentar comprando cosas que demostraran mi nuevo prestigio, conducta conocida como consumo conspicuo. Citó a un economista de apellido Veblen y cerró las clases diciendo que en Bogotá había un potencial asombroso para este consumo de lujo.

En seguida me puse en la tarea de comprar los tales bienes conspicuos. Lo primero que vi fue un artículo de prensa anunciando la llegada a la capital de una multinacional alemana del sector inmobiliario prémium. Venderán lo más lujoso en inmuebles y yates. ¿Estarán interesados en incluirme en su lista de clientes, que encabezan Brad Pitt y Michael Douglas? Seguro que van a transformar nuestro mercado bogotano, yo incluida, pues lo que necesita nuestro déficit habitacional es que los europeos nos enseñen sobre los precios que están dispuestos a pagar los actores de cine.

A renglón seguido me dispuse a escoger vehículo. Mi nuevo estatus me impone buscar un Ferrari o un Maserati. No importa que el tráfico de Bogotá sea terrible y ya no pueda ni conducir después de tomarme una cerveza (esto debo cambiarlo por un escocés Blue Label, 200 años). Los dioses proveerán un chofer o un segundo carro. El problema, según cuenta la revista Dinero, es que el concesionario está pensando en abandonar la ciudad porque la DIAN le está montando la perseguidera por una supuesta subfacturación. Claro que yo insistiría en que me vendieran el carro con un sticker fluorescente que aclarara mi gasto de $1.100 millones.

Después de probar todos los restaurantes cuyos precios había reseñado Felipe Zuleta, decidí que mi cuerpecito fuera también conspicuo. Me fui entonces al Centro Andino. Pero a la nueva ala, la que está de moda. Y llegué derechito a Dolce & Gabbana. En la vitrina había un vestido negro entallado y con un lazo rojo. Comencé a soñarme en el modelito. Le pregunté a la dependienta si me podía dar el precio para que lo oyeran los demás. La dependienta me dio el precio en voz alta: QUINCE MILLONES NOVECIENTOS. ¿Pesos, verdad?, le dije, pensando internamente que el número de ceros podría ser de un monopolio del futuro. Sonrió asintiendo.

Me acordé entonces de que una vez estuve en una conferencia del representante a la Cámara Miguel Gómez, antes de irse de embajador a París. Ese día se empeñaba en enseñarnos a conseguir nuestro primer millón de dólares. Para cumplir este objetivo, en medio de gran alabanza al período de la apertura económica de Gaviria, nos dijo que el almacén Louis Vuitton de Bogotá había sido el que más utilidades había generado en todas las franquicias del mundo. Deberíamos estar orgullosos.

Yo alcancé a pensar en otros datos que me dio el profesor de economía que visité: el crecimiento económico en nuestro país no ha sido propobre, no tenemos políticas adecuadas para evitar el acaparamiento de la riqueza y Colombia encabeza los índices de inequidad urbana de la ONU, donde la pobreza subió el año pasado al 46,8%, mientras que la extrema pobreza ascendió al 22,8%. Pero eso es por allá en el campo, que está lejos de mi Bogotá conspicua. Aquí en el norte no hay pobreza ni se nota la desigualdad. Mañana voy a comprar el vestidito.

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