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De Río al Catatumbo hay muchos tumbos

Nelson Camilo Sánchez León
julio 12, 2013

Publicado en: La Silla Vacia

En su columna de El Espectador, César Rodríguez Garavito señala algunas lecciones de la “primavera brasilera” que a su juicio podrían ser útiles para el caso colombiano. Pero la emotividad y optimismo de Rodríguez contrastan con la percepción pública sobre la protesta campesina del Catatumbo.

 

En su columna de El Espectador, César Rodríguez Garavito señala algunas lecciones de la “primavera brasilera” que a su juicio podrían ser útiles para el caso colombiano. Pero la emotividad y optimismo de Rodríguez contrastan con la percepción pública sobre la protesta campesina del Catatumbo.

Mientras que gran parte de los internautas – en su mayoría con IPs en las grandes ciudades de Colombia – se solidarizan masivamente y se emocionan al ver las multitudinarias manifestaciones de Río de Janeiro o San Pablo, se alejan por completo de la protesta que lleva ya casi mes y medio en el Norte de Santander.

Pareciera que las primaveras en Colombia no florecen. Si bien, como lo ha demostrado Mauricio Archila, la protesta social ha aumentado en los últimos años, las movilizaciones ciudadanas urbanas, espontáneas y masivas como las de otros países han sido poco comunes. Así como mínima ha sido la solidaridad de los habitantes urbanos respecto de la problemática social de las regiones.

Las grandes marchas y movilizaciones (que tampoco han sido tan multitudinarias como sus promotores siempre pregonan) han tenido una maquinaria política determinada detrás de ellas. Incluso marchas de repudio a situaciones de alto impacto nacional y atrocidades del conflicto han tenido siempre un padrino político determinado. Por ejemplo, las marchas por las víctimas de uno u otro actor armado (como las del secuestro, las de las víctimas de desapariciones, la paz) siempre han sido reivindicadas por un sector político específico y estigmatizadas por el otro.

El tema es complejo y tiene muchas vertientes explicativas en la sociología de los movimientos sociales. Al menos tres de éstas han sido usadas como explicaciones comunes en Colombia.

Para unos existe una explicación histórico-económica del asunto que se deriva de la hegemonía del sector cafetero en la economía nacional. Según esta teoría, en la medida en que en el siglo pasado el gremio cafetero asumió un liderazgo económico y estuvo al margen de la protesta social, la movilización social nunca tuvo la fuerza suficiente para convertirse en un motor atractivo de cambio pues, gracias al impulso del sector cafetero, la economía podía seguir adelante sin importar los paros de otros sectores.

Otros le achacan el problema a la guerrilla. Se aduce que la existencia de una extrema izquierda armada ha minado los proyectos sociales progresistas del país y la movilización social mediante dos vías. Por un lado, con la existencia de la guerrilla – y de su contraparte armada en la derecha – se creó un sistema de estigmatización de la protesta que llegó hasta la eliminación física de quien tuviera el valor de movilizarse. Por el otro, se dice que la complacencia de la izquierda con los medios ejercicios por la guerrilla terminó generando un desincentivo para la movilización, así como una crisis de legitimidad de la protesta.

Un tercer sector ha visto el problema en la reivindicación judicial de los derechos, principalmente en la tutela. Para ellos, la “tutelitis” del país ha hecho que la sociedad (sobre todo la urbana de clase media y alta con más acceso a las cortes) vea en la vía judicial una forma más fácil y menos costosa de obtener ciertas reivindicaciones, sin la necesidad de tomarse el trabajo de organizarse y movilizarse por sus derechos. Dicen que por esto no hay, por ejemplo, un gran movimiento en Colombia por la salud o por la vivienda, pues las cortes terminaron suprimiendo la necesidad de que la ciudadanía se organizara para defender estos derechos.

Cualquiera que se la explicación, o incluso si es la sumatoria de éstas y otras, no parece que la onda primaveral vaya a tener un clima propicio en Colombia mientras los sectores urbanos no se interesen en la manifestación popular regional. Si la reacción urbana frente a la protesta sigue siendo la reducción del problema a la “infiltración de la guerrilla” (como en el caso Catatumbo), o la “ignorancia de los indios” (como sucedió en Toribio), las masas urbanas difícilmente verán como legítimo el vehículo de la protesta y movilización para sus propios intereses.

Es tal vez por eso más importante seguir la situación de Tibú que las atractivas marchas cariocas y paulistas.

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