Dejusticia-WHITE-with-transparent-background

Debates ‘ad hominem’

Mauricio García Villegas
septiembre 20, 2014

Publicado en: El Espectador

Después de ver el pasado debate entre el senador Iván Cepeda y el expresidente Álvaro Uribe me encontré con la siguiente frase de Jules Romain: “Los espíritus de élite discuten sobre ideas, los espíritus ordinarios discuten sobre acontecimientos y los espíritus mediocres discuten sobre personas”.

 

Esta frase, quizás demasiado tajante, ilustra un fenómeno que ocurre con mucha frecuencia en Colombia y que consiste en que las discusiones sobre ideas y sobre hechos terminan en inculpaciones personales.

El debate en el Congreso era sobre paramilitarismo, pero terminó convertido en un intercambio de agrias acusaciones recíprocas. José Obdulio Gaviria, por ejemplo, la emprendió contra el papá y la mamá de Iván Cepeda. Este, a su turno, respondió acusando a Gaviria de tener un hermano que trabajaba con uno de los asesinos de Guillermo Cano. El senador Uribe, por su lado, acusó a las Farc, al presidente Santos, a Telesur y a Canal Capital de haber promovido el debate y, como si fuera poco, al propio presidente de la Comisión Segunda y al primer ministro de tener vínculos con el narcotráfico. (Uribe, se sabe, es el maestro de esa estrategia: nunca responde a los argumentos que lo cuestionan, ni a los hechos que se le imputan, y en su lugar descalifica al adversario, acusándolo de haber cometido crímenes peores que aquellos de los cuales se le acusa).

Los debates sobre ideas, por su parte, también suelen terminar en cargos personales. Durante décadas hemos visto cómo la derecha de este país descalifica a los críticos del Gobierno diciendo que tienen vínculos con la guerrilla, con Venezuela, con el terrorismo internacional o con todo esto junto. El procurador, por su lado, hace todo lo anterior y, además, acusa a quienes proponen la legalización de la marihuana de estar comprados por las farmacéuticas internacionales. En la izquierda hay muchos que caen en la misma tentación. Cuando alguien critica al Polo Democrático, al alcalde Petro o incluso al presidente Rafael Correa, no falta quien diga que tales críticas provienen de personas compradas por el imperialismo y sus multinacionales.
Esta manera de discutir, que en retórica se conoce como falacia ad hominem, está emparentada con esa vieja y malsana cultura nacional de defender de manera incondicional al grupo, a la institución o al partido al cual se pertenece. De ahí resulta la práctica, también muy colombiana, de no estar nunca dispuesto a reconocer errores propios ni aciertos ajenos. Eso hace que los grupos funcionen como iglesias, o como ejércitos, en donde se suele suponer que quienes critican obedecen a intereses oscuros o han perdido el buen juicio, o ambas cosas, con lo cual el error y la maldad terminan siendo vistos como la misma cosa. Para los que así piensan sólo hay, como dijo alguna vez Robert H. Jackson, dos tipos de ideas: las propias y las falsas.

La discusión ad hominem no es nueva. Lo que es nuevo es el proceso de paz en La Habana y el contexto político que de allí se deriva. ¿Qué tanto afectará el agrio debate del miércoles el clima de reconciliación nacional que se requiere para lograr la paz? Difícil saberlo. Siendo optimista, uno podría pensar que el debate es preferible al silencio y que más vale que se digan las cosas de frente, en el Congreso, a que cada uno las rumie por su lado, en las calles o en los campos. Pero aun si esto es verdad y aun si la paz se firma y se refrenda, lo cierto es que Colombia necesita elevar la calidad del debate público, lo cual sólo se logrará cuando aprendamos a controvertir las ideas por lo que valen y no por quien las dice.

Powered by swapps