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Defensa del republicanismo occidental

Mauricio García Villegas
enero 17, 2015

Publicado en: El Espectador

Las marchas del pasado 11 de enero en París fueron una muestra impresionante de unidad republicana, algo que no se veía desde la Segunda Guerra Mundial.

 

Sin embargo, las voces disidentes no han faltado, sobre todo entre los intelectuales de izquierda. Según ellos, hay buenas razones para desconfiar del coro republicano del 11 de enero: los horrores de la colonización, las políticas de discriminación contra las minorías musulmanas y el neoliberalismo impuesto por los países ricos de Occidente, entre otras.

Debo decir, para empezar, que comparto muchas de esas razones y, en general, muchas de las críticas que algunos han lanzado contra Occidente y en particular contra Francia. Para ser más preciso, creo que una buena parte del fundamentalismo islámico actual se origina en las intervenciones abusivas del gobierno estadounidense en Irak y Palestina y que la presencia de Francia en el África no siempre ha obedecido a su intención de difundir la libertad, la igualdad y la fraternidad.

Sin embargo, tengo varias dudas con respecto a esas críticas. En primer lugar, hay que decir que parte esencial de la cultura occidental es su actitud escéptica, incluso frente a ella misma. Nada más propio de ella que dudar, poner(se) en tela de juicio y no tragar entero. En este sentido, el desapego por Occidente que hoy sienten estos intelectuales es también una actitud profundamente occidental.

En segundo lugar, los críticos de izquierda parecen confundir las sociedades con sus gobernantes. El hecho de que los países occidentales estén en manos de políticos dogmáticos, autoritarios e incluso imperialistas, no es una razón para descalificar el corazón antidogmático de la cultura republicana occidental. A lo sumo es una razón para mostrar el divorcio entre ese corazón y el mundo político. A mí las víctimas de Charlie Hebdo, que eran intelectuales radicales de izquierda y que no representaban ningún poder económico o político, me hacen pensar en Voltaire o en Camus, más que en De Gaulle o Mitterrand.

En tercer lugar, creo que también es necesario distinguir entre injusticia y terror. La injusticia es parte de la política y por lo tanto suscita debate. Frente al terror, en cambio, no hay opiniones, sólo rechazo. Es cierto que puede haber casos grises (una injusticia prolongada por siglos es una especie de terror). Sin embargo, en términos generales, uno podría decir que el consenso contra la barbarie es al terror lo que la crítica política es a la injusticia. Mi impresión es que algunas banalizan esta distinción y terminan, a mi juicio, reconduciendo los temas del terror (sin dejar de condenarlo, claro) al terreno del debate político. A mi juicio la barbarie debería quedarse por fuera del debate político y por eso su rechazo debería suscitar más consenso; de lo contrario, se debilita el contrato social. ¿O es eso lo que queremos? Y en ese caso, ¿cuál es la alternativa?

Por último, un país es algo más que sus ríos, sus montañas, su gente o su dinero. Un país es también, y sobre todo, sus creencias. Cada cual se inventa las suyas: un partido redentor, una religión de Estado, un credo patriótico, u otra cosa. Los países de Occidente, y sobre todo Francia, escogieron creer en valores republicanos, que son una especie de religión cívica; una religión que no promete ningún paraíso, que está llena de tensiones y de dudas internas y en cuyo nombre algunos han cometido horrores. Pero tiene una ventaja: es capaz de criticarse a sí misma y de reconocer sus errores. La izquierda, como parte de Occidente, cumple esa función y por eso lleva siglos practicando el escepticismo republicano. Hacer lo contrario, por una vez y con buenas razones, no está mal.

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