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Dejar la furia

Mauricio García Villegas
abril 1, 2016

Publicado en: El Espectador

Colombia parece estar atravesando por un momento crucial de su historia; un momento en el que cualquier cosa puede pasar; desde lo mejor hasta lo peor.

 

Hay algunos indicios, como las conversaciones que empezaron esta semana con el Eln, de que estamos cerca del fin del conflicto armado. Sin embargo, también hay otros indicios, como el aumento de los asesinatos de líderes populares, o el paro armado impuesto por las Bacrim esta semana, de que se está incubando el regreso de la guerra sucia.

¿Se puede hacer algo para impedir que el desenlace de esta coyuntura sea el peor? Por supuesto que sí. No estamos ante una fatalidad. De las decisiones que tomen el Gobierno y las autoridades estatales depende, en buena medida, la suerte que corramos. Pero esa suerte también depende de la sociedad civil y de la clase política. En términos concretos depende, creo yo, de que se mejore la calidad del debate político.

Durante los últimos meses y quizás debido al desgaste de una discusión que lleva años, los actores se han ido envalentonando, cada cual tratando de superar a su contraparte con descalificaciones furiosas y agravios. Cuando digo mejorar el debate me refiero a civilizarlo; a respetar el derecho del adversario a pensar distinto; a honrar las reglas básicas de la honestidad intelectual y a repudiar las soluciones que implican el uso ilegítimo de la violencia.

La furia del lenguaje político no es algo inusual en la historia del país. La Violencia de mediados del siglo XX tuvo sin duda causas sociales e institucionales, pero esa violencia nunca habría llegado a los excesos a los que llegó si no hubiese estado alimentada por la desmesura de los líderes políticos de turno que incendiaron a las masas con el llamado a la aniquilación del opositor. En este país, ponerle agravios a la confrontación ha sido, con mucha frecuencia, tanto como echarle leña al fuego.

Si se repasan los debates de la época de La Violencia o incluso los debates de mediados de los años ochenta, se puede detectar una buena parte de la fuerza endemoniada que avivó la guerra. Una guerra hecha de tiros y de palabras, o mejor dicho de palabras que terminaron produciendo tiros. También veríamos que nadie salió ganando. El escalamiento de la cólera es un pésimo negocio político; una tragedia colectiva, en donde todos los actores sociales creen actuar de manera racional, siguiendo el instinto de sus propios intereses, pero a la larga todos terminan peor de lo que estaban, salvo, claro, los que viven de la guerra.

Las sociedades no solo padecen tragedias naturales o económicas sino también tragedias políticas y Colombia es uno de esos casos. Nuestra tragedia política es esa incapacidad para detener la deriva violenta del debate político, para impedir que salgamos perdiendo en el trámite de nuestras diferencias, para evitar que el pasado se reproduzca entre nosotros como si fuera una herida que sangra irremediablemente.

Hay momentos en la historia de un país en los que la sociedad se pone a prueba y muestra lo que es y lo que vale. Colombia parece estar pasando, como en otras épocas, por uno de esos momentos. Por desgracia, cuando esto mismo ocurrió, el desenlace fue casi siempre el peor. Ojalá esta vez sea diferente. De la capacidad del Estado para detener la espiral de la violencia depende que esa historia no se repita. Pero también depende de que los líderes políticos de este país moderen sus pasiones, sus odios y su lenguaje. Lo pongo en términos de posconflicto: en este país no solo hay que dejar las armas, también hay que dejar la furia.

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