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Democracia, intimidad y transparencia

Rodrigo Uprimny Yepes
agosto 6, 2013

Publicado en: El Espectador

¿Será que una democracia vieja y respetable, como Estados Unidos, podría estar adoptando principios autoritarios, más propios del totalitarismo que de un Estado de derecho?

 

¿Será que una democracia vieja y respetable, como Estados Unidos, podría estar adoptando principios autoritarios, más propios del totalitarismo que de un Estado de derecho?

Esta preocupación surge de la intensa persecución que el gobierno estadounidense ha adelantado contra Edward Snowden, a quien acusa de haber provocado riesgos enormes de seguridad, por haber revelado secretos estratégicos claves. Pero esa acusación no es creíble, pues sus filtraciones simplemente evidenciaron que la Agencia Nacional de Seguridad (NSA) vigila masivamente y sin un control judicial apropiado nuestras comunicaciones.

Es pues una denuncia de una invasión gubernamental intensa a nuestra intimidad, por lo cual las revelaciones de Snowden en el fondo protegen dos elementos esenciales de una democracia genuina: la transparencia de la actuación del poder político y el secreto de nuestra vida privada.

Sin privacidad no hay libertad, pues toda persona requiere de ámbitos íntimos en donde pueda, en la penumbra hogareña, construir un proyecto propio de vida, sin la presión constante de las miradas ajenas y en especial de las autoridades.

Sin transparencia de la actuación estatal no hay democracia, pues no habría una discusión abierta y vigorosa de los asuntos colectivos, ni podríamos garantizar una vigilancia ciudadana efectiva sobre los gobiernos.

La intimidad protege la autodeterminación personal, en la esfera privada, mientras que la transparencia de la actuación estatal posibilita el proceso democrático y la autodeterminación colectiva. La transparencia pública y la opacidad hogareña son entonces complementarias: la democracia exige tanto la luz en la esfera pública, como las sombras en la vida íntima.

La aspiración democrática es entonces que los ciudadanos puedan ver permanentemente a los gobernantes sin ser vistos por ellos. En cambio, el totalitarismo es una inversión de los anteriores principios. El secreto se instala en el poder y los individuos son sometidos a la permanente mirada de la autoridad. El gobernante logra ver sin ser visto, mientras que el gobernado es visto sin poder ver, con lo cual se destruye al mismo tiempo la esfera de lo público y la esfera de lo privado, la autodeterminación colectiva y la autonomía individual.

No creo que Estados Unidos sea hoy un régimen totalitario, pero su persecución histérica contra Snowden tiene tintes totalitarios, o al menos profundamente autoritarios, pues busca proteger el secreto de la actuación estatal y la vigilancia indiscriminada de nuestra intimidad. Pero no nos las demos de mucho; en Colombia y América Latina la situación puede ser incluso peor, pues nuestros gobiernos, en forma legal o ilegal, nos han espiado. Lo que pasa es que en nuestros países esas prácticas no generan ni siquiera escándalo.

La defensa de la democracia, aquí y en Estados Unidos, nos obliga entonces a perseverar en la lucha permanente por lograr la transparencia del Estado y la protección de nuestra intimidad.

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