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Democracia para la paz

María Paula Saffon Sanín
octubre 16, 2016

Publicado en: El Espectador

Los análisis del plebiscito se han enfocado en explicar dónde y por qué ganó el No. Se ha dejado de lado el factor más preocupante: que la inmensa mayoría de votantes no participó.

 

La situación es paradójica porque uno de los objetivos centrales del
acuerdo de paz es ampliar la participación. El diagnóstico de las partes
es que nuestra democracia es restrictiva y poco receptiva: los
movimientos sociales y los partidos débiles no tienen oportunidades
equitativas de acceder al poder por falta de recursos, capacidades
organizativas y acceso a medios, así como por la violencia y las trabas
jurídicas. Además, la mayor parte de las decisiones relevantes se toman
“desde arriba”, incluso cuando afectan al nivel local.

Las partes
decidieron someter su texto a la opinión del pueblo para que, desde el
inicio, los acuerdos se fundaran en y a la vez promovieran la
participación. Pero esto les impidió implementar las medidas que
fortalecerían la participación. Aunque puede discutirse si el plebiscito
era el mecanismo más adecuado y si la campaña falló en sus tiempos y
estrategia, era crucial apostarle a la ratificación para superar los
escollos de la polarización y la implementación.

El problema fue
que la apuesta no se acompañó de medidas para lograr que fuera la
participación, y no su ausencia, la que definiera la suerte del país.
Como acto de fe, los negociadores y los que defendimos el Sí confiamos
en que en esta oportunidad histórica la gente votaría masivamente por
ponerle fin a la guerra. Hicimos muy poco para facilitar que quienes
durante décadas no han podido o querido votar pudieran hacerlo.

Subestimamos las severas dificultades físicas, económicas y legales que existen para votar. En muchos lugares, como Bojayá,
la gente tiene que viajar por horas y gastar mucho dinero para llegar a
un puesto de votación. Incluso donde se puede votar con facilidad, las
reglas impiden que la gente registrada en un lugar pueda votar en otro,
lo cual se agrava cuando, como en este caso, antes de la elección no
permiten que la gente cambie su lugar de votación.

Subestimamos
también lo arraigada que está la abstención, en especial en las regiones
sometidas al conflicto. Allí, la abstención se convirtió en una estrategia de supervivencia para quienes temen represalias por tomar posición. Aunque el Sí ganó, la abstención fue predominante.

Subestimamos
finalmente la desesperanza de los votantes frente a la posibilidad de
cambio. La mayoría de personas a quienes pregunté cómo votarían me
dijeron que no lo harían pues no servía de nada; los políticos definen
todo y poco les interesa cambiar el estado de cosas.

La más
reciente paradoja es que, tras el plebiscito y ante la posibilidad real
de volver a la guerra, la gente de repente despertó. Las movilizaciones
actuales expresan la esperanza que estuvo ausente durante la campaña, y
que habría sido clave para lograr un triunfo amplio del Sí.

El
desafío ahora es canalizar esa expresión para que queden claras sus
metas y la forma como se articulan con los procesos de modificación del
acuerdo. Dado que uno de los puntos menos polémicos de éste son las
medidas de apertura democrática que no benefician a las Farc, podríamos
promover su implementación inmediata para crear espacios de
participación ciudadana en las renegociaciones, y también como
prerrequisito para someter de nuevo la paz a refrendación popular.

Pero
esas medidas deberían complementarse con reformas cruciales, como la
obligación del Estado de garantizar el acceso a puestos de votación, el
cambio del sistema de registro y el voto obligatorio o muy incentivado.
Esto promovería la participación robusta que se requiere para que la
democracia se ponga al servicio de la paz.

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