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Democracia y discusión pública

Rodrigo Uprimny Yepes
enero 3, 2011

Publicado en: El Espectador

UN IMPACTO SIGNIFICATIVO QUE TRAjo el cambio de presidente ha sido una cierta rehabilitación de la discusión pública y del disenso. En estos días en que se hacen balances del año que termina y se formulan deseos frente al nuevo, conviene resaltar la importancia democrática de esa nueva atmósfera política.

 

UN IMPACTO SIGNIFICATIVO QUE TRAjo el cambio de presidente ha sido una cierta rehabilitación de la discusión pública y del disenso. En estos días en que se hacen balances del año que termina y se formulan deseos frente al nuevo, conviene resaltar la importancia democrática de esa nueva atmósfera política.

El anterior gobierno recurrió a una política fundada en el antagonismo amigo-enemigo, por recordar la expresión de Carl Schmitt. Quienes disentían del gobierno o criticaban sus acciones eran descalificados por el propio presidente y por muchos de sus asesores y amigos columnistas como personas cercanas a la guerrilla o con veleidades terroristas. A su vez, quienes defendían al gobierno Uribe o resaltaban algún avance importante que éste hubiera tenido, eran calificados, en los sectores más antiuribistas, como personas de extrema derecha, cercanas al paramilitarismo.

En los años precedentes, Colombia vivió un ambiente extremo de polarización política que hacía muy difícil, por no decir casi imposible, la discusión pública. Esto implicó una erosión profunda de la ya muy precaria democracia colombiana.

Algunos podrían objetar que esa tesis es errada, pues en esos años hubo elecciones periódicas y el presidente contó con un inmenso respaldo popular, por lo que la democracia colombiana habría sido especialmente vigorosa. Y es cierto que Uribe fue siempre popular y que hubo elecciones, aunque no tan limpias, por las influencias de organizaciones criminales.

Este posible reparo se basa entonces en hechos ciertos pero defiende una visión limitada de la democracia pues la asimila al gobierno de la mayoría con elecciones periódicas. Sin embargo, cada vez es más claro que la presencia de elecciones y de gobiernos mayoritarios no es suficiente para caracterizar un gobierno como democrático, pues muchos regímenes dictatoriales fueron muy populares y recurrieron a plebiscitos periódicos para legitimarse.

Por ello, hoy los mejores filósofos, como Rawls, Habermas, Nino o Sen, por sólo citar a algunos, enfatizan la dimensión deliberativa de la democracia, de suerte que ésta puede ser caracterizada como un gobierno que se hace esencialmente por medio del ejercicio público de la razón.

La democracia no es entonces la simple agregación de las preferencias privadas de las personas para formar mayorías; es necesario que haya una discusión pública de los asuntos comunes, con amplia libertad de expresión y protección del disenso, pues dicha deliberación cumple funciones esenciales.

Así, la discusión pública permite corregir errores y diseminar el conocimiento; ayuda además a controlar los abusos gubernamentales, al revelarlos y criticarlos. La deliberación colectiva facilita también el logro de decisiones más justas pues obliga a presentar abiertamente las razones que sustentan los acuerdos y a tomar en consideración los intereses ajenos, ya que la mayoría no puede ignorar a las minorías, argumentando que son intereses minoritarios, pues dicha actitud, por irrespetuosa, resulta poco defendible públicamente. De esa manera, la discusión pública estimula la formación de virtudes republicanas, pues obliga a los ciudadanos y a los líderes a ir más allá de sus intereses puramente personales.

Es pues importante que el gobierno Santos haya abandonado la política amigo-enemigo. Esta distensión hace posible la emergencia de una discusión pública más vigorosa y razonable, que debe ser protegida y profundizada. El riesgo es que la popularidad del nuevo presidente genere un ambiente de unanimismo que ahogue el espíritu crítico y el disenso frente al Gobierno. No todo el mundo tiene que ser parte de la unidad nacional.

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