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Desarmes

Nelson Camilo Sánchez León
marzo 4, 2017

Publicado en: El Espectador

El tránsito de las Farc de la guerra a la vida sin armas está cada vez más cerca. Hace ya unos días terminó la caminata de las Farc a las zonas veredales y, con ella, la concentración de casi 7.000 personas que buscan salir de la guerra.

 

Además, esta semana vimos por primera vez, en más de una década, una dejación colectiva de armas en virtud de un proceso de paz.

En efecto, según datos compilados por la Fundación Ideas para la Paz (FIP), este es el sexto proceso de desarme en las últimas seis décadas. El primero documentado fue el de la entrega de armas de las guerrillas de los Llanos en los años 50. Los dos posteriores ocurrieron en la década del 80 del siglo anterior: en el gobierno de Betancur se desmovilizó una parte de las Farc, el Epl y la Ado, y en el gobierno Barco el M-19 hizo entrega de armas. Ya en vigencia de la Constitución de 1991 hubo una nueva entrega tras la desmovilización del PRT, parte del Epl, el Quintín Lame y la Corriente de Renovación Socialista (CRS). El último grupo en entregar armas fue las Autodefensas Unidas de Colombia (Auc), entre 2003 y 2006.

Todos estos procesos nos han dejado muchas lecciones que es clave seguir al pie de la letra en esta etapa que iniciamos. El primero es el reto de la dejación total de las armas. El estudio de la FIP muestra que, en el mundo, el promedio de armas entregadas o inutilizadas está por debajo de 0,5 armas por hombre (es decir, menos de un arma entregada por cada dos desmovilizados). En los más recientes procesos, Colombia ha superado ese promedio: 0,67 en el caso más exitoso, que fue el de la CRS, y 0,58 en el caso Auc.

Las condiciones están dadas para que este proceso supere los anteriores: existe una hoja de ruta técnica muy bien lograda, así como acompañamiento y verificación de primer nivel. Así que en lo técnico estamos mejor que nunca. En donde tenemos que esforzarnos es en lo político: el cumplimiento de los acuerdos impulsa la confianza requerida para mayor compromiso de desarme, y su incumplimiento lo desincentiva. Es fundamental que la institucionalidad cumpla con tareas y calendarios para que los procesos se refuercen mutuamente, especialmente los más urgentes en materia de reincorporación y seguridad jurídica.

Otro asunto crucial a delimitar se relaciona con los milicianos. Allí no solamente existen huecos de información amplios (todavía es muy incierto el número aproximado, por ejemplo), sino que además parecen haber quedado cabos sueltos en materia de plazos en el acuerdo. Es vital saldar las vaguedades para que la Misión de Verificación pueda certificar la dejación total de las armas. Sin esa certificación, las Farc no podrán fundar su partido ni pedir la personería jurídica al Consejo Nacional Electoral.

El siguiente paso será el de la inutilización definitiva de esas armas. En la experiencia comparada, no en todos los países y conflictos se han inutilizado las armas. Por ejemplo, después de varios conflictos en África, las armas han entrado al arsenal oficial una vez firmada la paz. En este punto, vale resaltar que sostenidamente en los procesos de desarme colombianos las armas han salido de circulación. Esta vez se hará con la fundición de las armas para su transformación en monumentos.

Pero este acto final no es suficiente. Es urgente subirle el perfil simbólico al proceso de desarme y acompañarlo con un esfuerzo serio del Estado por un desarme más amplio. Usar esta oportunidad para que salgamos de la mayor cantidad posible de armas en manos privadas. Porque no importa de dónde provengan, todas las armas hacen daño.

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