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Dieta forzada

Nelson Camilo Sánchez León
enero 3, 2010

Publicado en: Semana

El mundo alcanzó un número aterrador de personas viviendo con hambre extrema, pero a nadie parece importarle.

 

El mundo alcanzó un número aterrador de personas viviendo con hambre extrema, pero a nadie parece importarle.

Por estos días, en los que muchos gozamos de viandas y manjares a granel y nos prometemos a si mismos que empezaremos régimen tan pronto comience el nuevo año, vale la pena que reflexionemos sobre aquellos que ya están a dieta. Pero en una dieta obligada por causa de la escasez de alimentos.

Diez años después del supuesto fin del mundo y del temido Y2K, el planeta superó la histórica cifra de un billón de personas condenadas al hambre extrema. Actualmente, cada seis segundos muere en el mundo un niño por causas relacionadas directa o indirectamente con la malnutrición. Es decir, dos niños murieron mientras usted leyó el inicio de esta columna.

La gran paradoja es que esto ocurre en un planeta que produce el doble de los alimentos que su población entera requiere para la satisfacción de sus necesidades nutricionales. La explicación es entonces clara: la mezquindad del hombre es la culpable exclusiva de esta crisis alimentaria.

Por eso no resulta extraño que los gobernantes del mundo estén haciendo tan poco para evitar esta injusticia. En noviembre de este año que termina, los líderes mundiales discutieron sobre este tema en Roma, en una pomposa reunión denominada “Cumbre Mundial sobre Seguridad Alimentaria”.

Pero los resultados de esta reunión son tan aguas tibias como los acuerdos de la conferencia de Copenhague sobre cambio climático. Al final, solamente se redactó una declaración en la que los Estados se comprometieron a esforzarse por cumplir con el objetivo del milenio de reducir a la mitad el número de personas que padecen de hambre y malnutrición para el año 2015. En otras palabras, más de lo mismo: buenas intenciones, pero ninguna obligación concreta.

En cualquier caso, la Declaración de Roma deja lecciones importantes para Colombia. En ella, los Estados reconocen que la crisis alimentaria se debe, en buena medida, a los efectos de muchos años de inversión insuficiente en seguridad alimentaria, en agricultura y en desarrollo rural; efectos estos que se acrecentaron con la reciente crisis financiera y económica.

Este diagnóstico debería prender las alarmas en un país en el que el porcentaje de tierras destinadas para los cultivos alimentarios han disminuido dramáticamente en las últimas décadas para dar paso a la ganadería extensiva y a los cultivos destinados a la producción de agrocombustibles.

Un país en donde, según el propio Banco Mundial, sólo el 30 por ciento de tierras con aptitud agrícola es utilizado para este propósito, mientras que el doble del área adecuada para pastos es dedicada a la ganadería. Un país en donde la política pública privilegia la utilización de la tierra en cultivos extensivos de palma y caña, mientras que ahoga la producción y la economía campesina. Un país que no se conduele con el 10 por ciento de su población que ha sido desplazada de sus tierras y que ahora se muere en las ciudades de física hambre.

No dejemos que nuestro espíritu festivo y la abundancia de nuestros hogares nos hagan olvidar esta triste realidad. No basta con comerse una uva de media noche y desear que el hambre del mundo desaparezca. Hagamos todos del 2010 un año que vaya más allá de los propósitos y las buenas intenciones.

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