Dime algo y te diré quién eres.

Por: Mauricio García Villegasabril 3, 2007

Basta oír hablar a alguien para conocer su origen social.


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“Cada quien habla como es; los buenos hablan virtudes; los malos, maldades”. Eso decía Solón, el sabio griego. Hoy en día se dice algo similar: “Dime cómo hablas y te diré quién eres”.

En ambos casos, la idea es la misma: hablar bien es una muestra de cultura y quien es culto es virtuoso. Ahora que el tema de la lengua está de moda, vale la pena pensar un poco más en esas frases y en el significado social del lenguaje correcto.

En la escuela primaria nos hablaron del español como una lengua prodigiosa que heredamos de la madre patria. De allí nos viene la imagen del idioma como un bien, no solo inagotable e invaluable -como el aire-, sino repartido de manera gratuita y democrática.

Sin embargo, esa imagen desconoce que el español, como todas las lenguas, es también un mecanismo eficaz para mantener la desigualdad social. La manera como hablamos -el acento, las entonaciones, los dichos, los errores- más que un rasgo folclórico, es algo que nos clasifica socialmente. “La gente no habla como habla porque pertenece a una clase social -decía Pierre Bourdieu-, más bien pertenece a esa clase social porque habla como habla”.

Basta oír decir algo a una persona para conocer su origen social. Eso lo comprobamos en las conversaciones telefónicas. Cuando recibimos una llamada de alguien que no conocemos, solo necesitamos de unos cuantos segundos para ubicar al desconocido en el estrato social correspondiente. Las secretarias son expertas en eso. Más aún, esa suele ser la función que sus jefes les imponen: detectar la condición social de quien está al otro lado de la línea, para saber si le abren o cierran la puerta. Muchas veces les basta incluso con el nombre de la persona. A pesar de no haber estudiado sociología, saben que no es un azar si los Pablos, las Juanas y las Andreas son nombres que abundan en la clase alta, mientras que los Alexanders, los Maicols y las Jennifers son comunes entre las personas de clase baja.

Pero los efectos discriminatorios de la lengua pueden ser atenuados a través de un sistema de educación pública de buena calidad; un sistema al que acudan todas las clases sociales. Allí, los alumnos no solo terminan hablando parecido, sino pensando parecido. La educación que tenemos en Colombia, en cambio, está destinada a perpetuar las clases sociales. Cada estrato estudia por aparte, nunca se encuentra con los demás, recibe un tipo de formación particular, adquiere una manera propia de expresarse, comete un mismo tipo de errores cuando habla y, por todo ello, termina pensando parecido.

No es extraño que después, cuando los niños llegan a ser adultos, tengan tantas dificultades para creer en la democracia, valorar lo público y ponerse de acuerdo.

No pongo en duda la bondad del uso correcto del lenguaje. Lo que digo es que, cuando se habla de la lengua, no sólo el tema de la corrección es importante. También lo es el de la discriminación social que resulta de su uso, sobre todo en una sociedad desigual como la nuestra. No sólo hay que lograr que la gente hable bien, también hay que buscar que el lenguaje correcto sea un bien universal y no una carta de identificación de clase, un obstáculo para la movilidad social.

Es una lástima que lo que antes, en la época de Solón, era una identificación del buen hablante con el virtuoso, hoy sea una identificación del buen hablante con los miembros de clase alta. Eso no estaría tan mal si no fuera porque sabemos muy bien que los ricos no siempre son virtuosos, ni siempre hablan bien.

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