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División social del duelo

Mauricio García Villegas
abril 1, 2011

Publicado en: El Espectador

CON OCASIÓN DEL ASESINATO DE LA jueza Gloria Constanza Gaona el presidente de Asonal Judicial, señor Nelson Cantillo, se lamentaba esta semana de que, salvo las condolencias que recibió de parte de sus colegas de la Rama Judicial (y una más del alcalde de Medellín) nadie del Gobierno o de cualquier otra entidad pública o privada se pronunció ante Asonal para lamentar el hecho.

 

CON OCASIÓN DEL ASESINATO DE LA jueza Gloria Constanza Gaona el presidente de Asonal Judicial, señor Nelson Cantillo, se lamentaba esta semana de que, salvo las condolencias que recibió de parte de sus colegas de la Rama Judicial (y una más del alcalde de Medellín) nadie del Gobierno o de cualquier otra entidad pública o privada se pronunció ante Asonal para lamentar el hecho.

Me parece que la queja del señor Cantillo pone de presente no sólo la poca alarma social que en Colombia causa el asesinato de un juez (lo cual es tan alarmante como el asesinato mismo) sino el hecho terrible de que, en este país, cada asesinato pone a llorar a una parte de la población, mientras que la otra sigue indolente su curso. Para decirlo con un ejemplo y con una pizca de exageración: la gente que hace duelo por las atrocidades que comete la guerrilla nunca coincide con la gente que hace duelo por los crímenes de los paramilitares. Lo mismo pasa con los servidores públicos: una es la población que se indigna cuando la guerrilla asesina a un alcalde y otra la que se indigna cuando los paramilitares asesinan a una juez. Esto habla tan mal de nuestras instituciones como de nuestra sociedad.

Semejante división social del duelo es particularmente grave cuando se trata de los jueces de la República. Uno de los legados más nefastos del gobierno anterior (y no son pocos) es haber difundido la falsa imagen de una justicia que está más cerca de la oposición que de la Constitución. Temo mucho que el lenguaje descalificador que el presidente Uribe utilizó durante su mandato contra la justicia haya hecho mella en algunas instituciones, sobre todo en el Ejército y en los servidores públicos que resultan afectados por decisiones judiciales. (Si buena parte del progreso de Colombia depende del fortalecimiento de sus instituciones y de la implantación de una cultura de la legalidad, como lo indican casi todos los observadores internacionales, fue mucho lo que el país retrocedió en esos ocho años).

Esta división social del duelo está montada en una lógica demoníaca: se desconoce el dolor de los contrincantes políticos con la idea falsa de que toda expresión de solidaridad con sus víctimas fortalece su causa. Esa no puede ser la lógica de los servidores públicos. Pero, además, son ellos mismos, no sus contrincantes, los que se debilitan con ese silencio. El apoyo a la justicia y el reconocimiento de las decisiones judiciales que afectan a los militares, por ejemplo, no sólo no van en contravía de la institución armada (como casi siempre se ha creído en Colombia) sino justamente al revés, en aras de su fortalecimiento.

Siempre he creído que el sistema político colombiano está contaminado por el salvajismo de la guerra y que la única manera de civilizarlo es convenciendo al ala derecha del espectro político de que si desenmascara el paramilitarismo no sólo hace lo correcto, sino que se beneficia políticamente de ello y al ala izquierda de que si denuncia los crímenes de la guerrilla no sólo hace lo correcto, sino que se beneficia con ello. Así como la guerrilla le ha hecho un daño terrible a la izquierda democrática en Colombia, estoy convencido de que, a la larga, el paramilitarismo terminará socavando las posibilidades electorales de la derecha decente si ésta, como ha sucedido hasta el momento, no hace nada, o muy poco, por denunciarlo.

Por el momento no me hago muchas ilusiones de que esto ocurra. Sólo pido algo más modesto: que todos sientan indignación por el asesinato de la jueza Gloria Constanza Gaona.

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