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Duda y honestidad política

Mauricio García Villegas
mayo 7, 2010

Publicado en: El Espectador

LAS PERSONAS QUE NUNCA DUDAN me producen desconfianza; por eso me gusta el aforismo de Nietzsche que dice, “no es la duda sino la certeza lo que vuelve a la gente loca”.

 

LAS PERSONAS QUE NUNCA DUDAN me producen desconfianza; por eso me gusta el aforismo de Nietzsche que dice, “no es la duda sino la certeza lo que vuelve a la gente loca”.

Tener todo siempre claro me parece una deformación del espíritu tan grande como dudar de todo. Por eso le huyo a los dogmáticos tanto como a los posmodernos, a los fanáticos tanto como a los nihilistas. La duda no siempre es un indicio de la falta de conocimiento; yo diría que más bien es al revés: la certidumbre y la falta de información suelen ir de la mano.

Todos tenemos una cierta cantidad de saber y una cierta cantidad de duda. Si combinamos ambas cosas podemos diferenciar cuatro personajes entre nosotros. 1) Los que saben mucho y dudan poco, 2) Los que saben mucho y también dudan mucho, 3) Los que saben poco y dudan poco, y 4) Los que saben poco y dudan mucho. Cada uno de estos tipos tiene afinidad con ciertos oficios, labores, o disciplinas. Así por ejemplo, el mundo de la ciencia suele contar con gente que sabe y duda mucho, mientras que las iglesias y los partidos políticos están llenos de gente que sabe muy poco y no duda de casi nada. Claro, una misma persona puede cambiar de mentalidad con sólo cambiar de tema, según se sienta experto o no. Pero, por lo general, todos nos identificamos con uno de los cuatro personajes y eso debido a que dudar o no dudar es, por lo general, una cuestión de temperamento.

Si me ponen a escoger entre estos cuatro tipos me llevo al que sabe y duda mucho y entre los tres que quedan, prefiero al que sabe poco y duda mucho. El peor de todos, para mi gusto, es el que sabe poco y nunca duda de nada. (Bueno, depende en qué circunstancias lo haga; decía hace un momento que las iglesias están llenas de estos personajes y está bien que así sea; allí encuentran la seguridad y la falta de curiosidad que mejor corresponde a su actitud mental). No quisiera, por ejemplo, estar montado en un avión manejado por un piloto inexperto y que cree que se las sabe todas. Tampoco quisiera estar gobernado por alguien que esconde su ignorancia con una actitud dogmática e intolerante.

Ahora que estamos en campaña electoral, tengo una razón adicional para preferir a los candidatos que saben y que dudan. Y es que éstos, a diferencia de los demás, son conscientes de qué es lo que no saben y por eso se rodean de gente que conoce la información que ellos necesitan para tomar las mejores decisiones.

Pero claro, saber y dudar son condiciones necesarias pero no suficientes para ser un buen presidente. También hace falta que el candidato sea una buena persona, honesta y bien intencionada. Si se dan esas tres condiciones —mucho conocimiento, buen equipo y honestidad—, lo más probable es que el candidato, cuando resulte elegido, haga un buen gobierno. Es posible que no sea el candidato más brillante durante la campaña y que incluso le vaya mal en los debates con los otros aspirantes. Pero tiene el conocimiento, la actitud mental y la firmeza moral que le permite superar, no sólo sus propias vacilaciones, sino los retos a los que se debe enfrentar.

Si la duda es una manifestación de la honestidad intelectual, no hay razón para pensar que no sea también una manifestación de la honestidad política.

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