Dejusticia-WHITE-with-transparent-background

El alivio de la memoria

Mauricio García Villegas
septiembre 24, 2010

Publicado en: El Espectador

A VECES UNO TIENE LA IMPRESIÓN de que las sociedades, como las personas, tienen su temperamento, su manera de ser. Algunas son alegres y espontáneas, otras son reservadas e impenetrables; algunas disciplinadas y obedientes, otras impulsivas y creativas.

 

A VECES UNO TIENE LA IMPRESIÓN de que las sociedades, como las personas, tienen su temperamento, su manera de ser. Algunas son alegres y espontáneas, otras son reservadas e impenetrables; algunas disciplinadas y obedientes, otras impulsivas y creativas.

Y los colombianos, ¿cómo somos?; no me voy a atrever, en estos pocos párrafos, a describir el perfil de nuestra sicología colectiva; simplemente voy a resaltar lo que creo son dos rasgos de nuestra personalidad: el fatalismo y la indolencia. Los colombianos solemos ver los acontecimientos sociales como hechos inevitables frente a los cuales no podemos hacer nada y ese fatalismo engendra nuestra indolencia: como creemos que la violencia y el dolor de las víctimas hacen parte de un libreto histórico inmodificable, las injusticias humanas nos producen lástima en lugar de indignación.

Por causa de este fatalismo indolente en Colombia nunca nos hemos preocupado por hacer memoria. Volver sobre el pasado nos parece un ejercicio perturbador que impide sanar las heridas y seguir adelante.

Pero así como las personas a veces cambian y aprenden a contrarrestar sus defectos, así también las sociedades pueden cambiar y aprender a ser mejores. Algo de eso ha sucedido en los últimos años en Colombia: hemos descubierto que nuestra historia de infamias no estaba escrita en letras de piedra, que las cosas pudieron haber sucedido de otro modo, que muchos de nuestros males se originaron en la perfidia de algunos y que sólo en nosotros mismos está la posibilidad de evitar que la historia se repita. Hemos aprendido a ver responsabilidad allí donde veíamos fatalidad y a ver memoria allí donde sólo veíamos olvido.

Una muestra de ese aprendizaje se puede apreciar hoy en lo que ha hace el Grupo de Memoria Histórica (GMH). Esta semana el grupo presentó cuatro libros que recuerdan los hechos terribles de las masacres de Bojayá, la Rochela y Bahía Portete y de las luchas de los campesinos en el Caribe. En esas historias se muestra lo peor de nuestra condición social, disparatada y bisoña. Una de las cosas que más sorprende allí es que la violencia en Colombia viene de todas partes: entre los victimarios hay guerrilleros, militares, políticos, ganaderos y paramilitares, y entre las víctimas se encuentran campesinos, indígenas, funcionarios públicos, mujeres, niños, ancianos y muchos más. La violencia en Colombia es multifacética y no excluye a nadie (aunque excluye a unos más que a otros).

Pero lo más importante es esto: la lectura de los libros del GMH no sólo produce un rechazo profundo contra los victimarios y sus instigadores, sino que crea un sentimiento de solidaridad entre los no violentos, incluso cuando éstos tienen posiciones políticas opuestas: quienes militan en la derecha legítima se sienten más cerca de la izquierda democrática que de los paramilitares y quienes lo hacen en la izquierda democrática se sienten más cerca de la derecha legítima que de la guerrilla. Frente a los actos de barbarie se desvanecen las diferencias políticas y la defensa de la dignidad humana se pone por encima de los credos y de las militancias. Ese es, a mi juicio, el sentimiento civilizador que despierta la lectura de estos libros.

En la memoria de estos hechos hay pues mucho más que horror; hay una oportunidad invaluable para aprender a sentirnos responsables de nuestra historia y para abandonar la indolencia. Esto no justifica la muerte de tanto inocente en este país, pero sí la hace menos absurda.

Powered by swapps