El arte de imitar

Por: Mauricio García Villegasenero 30, 2009

LOS PAÍSES, COMO LAS PERSONAS, imitan a los demás; sobre todo a los más grandes, a los más poderosos, a los que más saben.


LOS PAÍSES, COMO LAS PERSONAS, imitan a los demás; sobre todo a los más grandes, a los más poderosos, a los que más saben.

Eso está bien; las sociedades que confían demasiado en sí mismas viven en medio de una autocomplacencia paralizante. Pero no basta con copiar a los demás; hay que copiarlos bien. Adoptar mal una buena idea puede ser peor que quedarse bien tranquilo con las malas ideas de siempre.

Digo esto pensando en las innovaciones que está llevando a cabo Barack Obama en los Estados Unidos: promoción de energías alternativas, ampliación del sistema de seguridad social, inversión masiva en educación y mejoramiento de la infraestructura, para sólo citar las más importantes. ¿Qué impacto tendrán esas buenas ideas —que tal vez son más europeas que gringas— en nuestras élites sociales y políticas? Seguramente muy grande; lo que no sabemos es si será un impacto bueno o malo.

De los Estados Unidos hemos copiado muchas cosas —no siempre por voluntad propia, es verdad— pero en lugar de obtener los resultados previstos, casi siempre nos hemos quedado con una copia degradada del original. Me limito a dar dos ejemplos.

El primero es el del transporte terrestre. En Colombia adoptamos el modelo gringo de vehículos impulsados por gasolina. Para ello importamos los carros y los camiones que se necesitaban, pero no hicimos las autopistas que ese modelo requería. Resultado: no sólo acabamos con los trenes y los tranvías, sino que nos quedamos con un sistema de transporte deficiente, cuando no simplemente colapsado.

El segundo es la educación superior. En la primera mitad del siglo XX nuestro sistema universitario parecía estar adoptando el modelo europeo: una gran universidad pública, con estándares de calidad iguales y acceso gratuito. Pero en la segunda mitad del siglo casi abandonamos ese modelo y empezamos a adoptar el gringo: muchas universidades con niveles de calidad muy diferente y con acceso restringido por méritos (los mejores estudiantes llegan a las mejores universidades). Pero nos quedamos con el peor sistema posible: un conjunto jerarquizado de universidades, buenas, malas y pésimas, en donde el ingreso, con la excepción de la universidad pública, no se hace por méritos, sino por plata (a las mejores universidades sólo llegan los ricos).

Podría citar otros ejemplos, como la privatización de la seguridad social, la penalización del consumo de drogas o la liberalización a ultranza de la economía, en donde copiamos de los gringos ideas simplemente malas. También podría citar ejemplos en los cuales dejamos de imitar lo que allá funciona bien, como es el caso del sistema nacional de parques, los correos o las bibliotecas públicas.

Pero sólo voy a terminar diciendo que copiar ideas o instituciones es un asunto muy serio. No sólo requiere de buen criterio para apreciar el valor de esas ideas, sino de mucho conocimiento sobre las condiciones en las cuales van a ser aplicadas. Eso de que el país está sobrediagnosticado es una mentira; a lo sumo está mal diagnosticado.

Llevamos muchos años copiando mal ideas buenas, copiando bien ideas malas o simplemente dejando de copiar ideas buenas. Ahora que, por primera vez en muchos años, nos empiezan a llegar propuestas innovadoras e interesantes de los Estados Unidos, deberíamos tratar de tomar en serio la idea de copiarlas bien.

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