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El filósofo cojo

Mauricio García Villegas
abril 26, 2014

Publicado en: El Espectador

García Márquez tuvo un talento sin igual para captar esa condición típica de los latinoamericanos que consiste en vivir entre los mitos y las realidades.

 

Algunos historiadores han sostenido que esa forma de ser viene de aquel momento lejano en el que Hernán Cortés y Moctezuma cruzaron sus miradas, dando lugar a la alquimia de sus mundos discordantes. En las nuevas sociedades que de allí surgieron, los dioses y las culturas se mezclaron de tal manera que fue difícil separar lo que hay de mítico en la realidad y lo que hay de realidad en lo mítico.

En El otoño del patriarca se describen los avatares de un tirano atribulado que no sabe diferenciar entre los fantasmas que lo rodean y las tareas de gobierno que debe llevar a cabo. Por eso, porque la realidad del poder está atrapada en su mente absorta, el patriarca no distingue entre los asuntos públicos y sus asuntos privados. Para él, gobernar es algo tan íntimo como ir al baño o hacer la siesta. La personalización del poder, tan típica de los gobernantes latinoamericanos (no sólo de los tiranos), queda allí retratada con maestría y con una precisión que ningún tratado de teoría política latinoamericana ha podido alcanzar.

El realismo mágico de García Márquez describe, desde la literatura, esa realidad alucinada del poder político. Yo también puedo explicar, con mi lenguaje acartonado de antropólogo improvisado, ese fenómeno social y político del poder en América Latina. Pero mis explicaciones no interesarán a más de un puñado de especialistas en la materia. García Márquez, en cambio, fue capaz de trasmitir esas ideas sin decirlas (como lo hace la buena poesía) a través de historias fascinantes que maravillan, divierten e ilustran a millones de personas en todo el mundo.

Es por eso que me parecen desatinados los comentarios de quienes (como Salud Hernández en El Tiempo) han dicho que a García Márquez hay que juzgarlo no sólo por sus libros sino por su amistad con Fidel Castro, por su apoyo al régimen cubano, por su alejamiento de Colombia y por su falta de generosidad con Aracataca. No niego que esas actuaciones puedan ser juzgadas, lo que no me parece es que ellas tengan mayor relevancia en el juicio que se hace de Gabo al momento de morir. Más aún, valorar políticamente a García Márquez por lo que hizo o dijo en la coyuntura que le tocó vivir demuestra una incapacidad para ver lo trascendental que hay en las ideas políticas de su literatura.

Me pregunto qué estarían diciendo los columnistas de derecha que hoy critican a García Márquez si éste, en vida, hubiese apoyado a Pinochet y no a Castro. Seguramente estarían diciendo que era un genio y punto (entonces habría otros columnistas de bandera opuesta que lo estarían criticando por ello y yo estaría escribiendo esta misma columna con ellos en mente). Puede haber, claro, casos extremos, como el de Heidegger con el nazismo, en los que la filiación política no es irrelevante. Pero en el caso de García Márquez me parece que es tan irrelevante criticarlo por apoyar a Castro como criticar a Borges por haber recibido una medalla de Pinochet. Eso es tanto como tomar lo accidental por lo esencial.

Epicteto, el pensador estoico de la Grecia clásica, dijo sobre esta manera de razonar lo siguiente: “Yo puedo ser filósofo y cojo al mismo tiempo y, sin embargo, de nada te sirve imitarme en la cojera para llegar a ser un filósofo”. Algo parecido se puede decir en este caso: García Márquez era un gran escritor con amistades (supongamos) cuestionables; pero eso no hacía de él un escritor menos grande.

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