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El fraude electoral

Mauricio García Villegas
marzo 15, 2014

Publicado en: El Espectador

En Colombia los políticos no se resignan a perder.

 

Cada que terminan las elecciones para el Congreso asistimos al mismo ritual de los perdedores que denuncian por fraude a los ganadores (y a las autoridades electorales, supuestamente amangualadas con ellos). Álvaro Uribe, Marta Lucía Ramírez, Clara López y cientos más salieron esta semana a decir que otros se habían robado las elecciones. ¿Qué tan justificadas son estas reacciones?

Lo son, sin duda. La causa de que haya tanta denuncia de fraude es, en buena parte, que hay mucho fraude. Pero creo que se necesita de algo más que eso para explicar tanto pataleo.

En primer lugar, hay razones políticas. Muchos candidatos conciben las denuncias de fraude como la continuación de la lucha electoral por otros medios, en este caso medios judiciales y administrativos (¿cuándo se había visto a Uribe, que barría en todas las elecciones, hablando de fraude electoral o, peor aún, de fraude a secas?). Muchos políticos piensan que aquí la contienda democrática se resuelve en dos tiempos: en las urnas, primero, y en los juzgados, después.

Pero hay también razones culturales. Un rasgo típico del colombiano es que de entrada presume que sus congéneres actúan de mala fe (justo lo contrario de lo que dice la Constitución). Por eso piensa que los demás son más malos que él. Todas las encuestas de cultura ciudadana así lo muestran. Por ejemplo, cuando se le pregunta a un taxista si se pasaría el semáforo en rojo en caso de tener mucho afán, más o menos la mitad responde que no. Pero si se le pregunta qué cree que hacen sus colegas, dice que el 95 por ciento de ellos se saltaría el semáforo. Aquí la gente se cree mejor de lo que realmente es y cree que los otros son peores de lo que realmente son. Esa esquizofrenia social es probablemente la herencia de una vieja concepción católica en la cual la tolerancia con el pecado (todo se perdona en la confesión) se compensa con el moralismo y la actitud inquisitorial. Por eso la envidia es un sentimiento tan arraigado en la cultura nacional. Aquí se suele creer que cuando alguien obtiene algo, como un mejor puesto, un buen negocio o un premio, ello se debe a las triquiñuelas del beneficiado, no a sus méritos. Bajo esa premisa, la envidia se apodera del espíritu y carcome las relaciones sociales, tanto como el odio, o aún más si tenemos en cuenta que “la envidia es más irreconciliable que el rencor”, como decía La Rochefoucauld.

Si la desconfianza y la envidia son rasgos típicos de la cultura nacional, en el mundo de la política lo son todavía más. Aquí los méritos casi nunca se reconocen (es verdad que son escasos), no sólo porque se piensa que eso es cederle terreno al adversario, sino porque para muchos es difícil creer que los demás puedan haber ganado limpiamente. Cada cual juzga por su propia condición de jugador pícaro. Y el resultado de esto es, claro, la multiplicación de las picardías.

Las elecciones pasadas dejan una impresión desalentadora, por decir lo menos. A pesar de los años, del desarrollo económico, del crecimiento de la clase media y del aumento de los niveles de educación, la gente sigue votando por los mismo políticos tramposos. Por eso tiene mucho sentido que después de las elecciones existan denuncias de fraude, las cuales son necesarias y saludables para la democracia.

Pero, como digo, muchas de estas denuncias (no todas, por supuesto) parecen tan poco creíbles como las promesas de campaña o como los mismos votos. Por eso, en lugar de ser un remedio contra el fraude, agudizan la desafección de los colombianos con su clase política.

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