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El futuro del pasado

Mauricio García Villegas
marzo 6, 2009

Publicado en: El Espectador

SI HUBIERA QUE ESCOGER UN PAR DE palabras para caracterizar la mentalidad nacional, yo optaría por estas: “corto plazo”. Aquí vivimos enfrascados en acontecimientos puntuales y repetitivos que nos impiden ver las secuencias, las estructuras y las fuerzas que los producen.

 

SI HUBIERA QUE ESCOGER UN PAR DE palabras para caracterizar la mentalidad nacional, yo optaría por estas: “corto plazo”. Aquí vivimos enfrascados en acontecimientos puntuales y repetitivos que nos impiden ver las secuencias, las estructuras y las fuerzas que los producen.

En Colombia no tenemos análisis sino noticias y ni siquiera buenas noticias sino imágenes de noticias. Quienes se detienen a pensar en lo que ha sucedido en las últimas décadas, son vistos como filósofos y quienes hacen filosofía, como lunáticos. Mientras en otras partes del mundo, sobre todo en estos tiempos de crisis, la opinión pública explora nuevos rumbos hasta en Cuba está pasando eso aquí vivimos atrapados en nuestro presente montuno y absorto.

El debate nacional siempre ha sido así, ensimismado y atónito; tan apegado al suceso como desentendido de la planeación y del análisis. Pero esa miopía nacional para ver el mediano plazo ni qué decir del largo se ha acentuado con el Gobierno actual. Más aún, parece ser que una de las estrategias de Uribe consiste en convertir todos los hechos en noticias cotidianas, consumibles y efímeras, de tal manera que unas reemplacen a las otras en una secuencia interminable, sin historia y sin hilo conductor. ¿Cuántas veces nos hemos enterado de las ‘chuzadas’, de la parapolítica, de la reelección, de los falsos positivos, de los ataques de Uribe contra la prensa y contra sus opositores? Cada noticia es vista como una novedad y por eso tenemos la impresión contradictoria de que aquí pasan muchas cosas y no pasa nada.

Pero los grandes problemas de fondo están ahí, tan macizos e implacables como siempre. No creo que haya mucha dificultad en reconocer que esos grandes problemas giran alrededor de cuatro temas: la tierra, la mafia, la guerrilla y el sistema político. Lo digo en una frase larga: el fracaso de la reforma agraria y el surgimiento del narcotráfico en los años setenta, envenenaron el campo y dieron lugar a una guerra a tres bandas entre la subversión, los paramilitares y el Ejército, la cual terminó, en buena parte del país, con la victoria de este último, pero también con la consolidación —una vez desmovilizados los paras— del latifundio y de un sistema político clientelista y no pocas veces seudomafioso.

Si realmente quisiéramos enfrentar los problemas que surgieron de esta cadena de acontecimientos, deberíamos, en este momento, estar concentrados en debatir cómo hacer una verdadera reforma agraria, cómo legalizar la droga, o por lo menos cómo idear soluciones alternativas a las actuales y cómo crear un sistema de partidos decente y legítimo.

Pero esos problemas de fondo no sólo no aparecen en la agenda pública, sino que el Gobierno está empeñado en hacer justamente lo contrario de lo que se necesita para resolverlos: diseña una política agraria destinada a consolidar el latifundio; mantiene el discurso moralizante contra las drogas, propone repenalizar el consumo mínimo y diseña una reforma política que deja intactas las maquinarias clientelistas.

Esto me hace pensar que quizás los únicos que sí tienen una verdadera visión de mediano y largo plazo en este país son el presidente Uribe y sus seguidores más dogmáticos e incondicionales. Sólo que, en este caso, el largo plazo está destinado a restaurar ese pasado autoritario, católico y patriarcal con que soñaban Caro y Núñez cuando imaginaron la Constitución de 1886.

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