El lenguaje de lo inadmisible

Por: Mauricio García Villegasfebrero 6, 2007

Un acto deja de ser político cuando la distinción derecha / izquierda resulta irrelevante al valorarlo.


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A raíz de mi columna pasada, en la que condenaba la práctica del secuestro por parte de la guerrilla, algunos lectores me formularon una objeción que merece ser discutida. Según ellos, el hecho de poner en evidencia el dolor de los secuestrados, sin hacer referencia a otras víctimas -las del Estado, las de los paramilitares, etc.- propicia el espíritu revanchista de esas víctimas y descontextualiza un acto que se explica por el conflicto armado.

Empiezo por el llamado a contextualizar esos actos atroces, es decir, a evaluarlos a la luz del conflicto armado. La consecuencia directa de ese llamado, me parece a mí, es la politización de esos actos. Por una razón simple: porque existen miradas diferentes -políticas- sobre el conflicto armado.

Lo que yo creo es justamente lo contrario. Que hay que sacar esos actos bestiales de la lógica demoníaca de lo político. Un acto deja de ser político cuando la distinción derecha/izquierda resulta irrelevante al momento de valorarlo. Eso sucede cuando todos -liberales, socialistas, conservadores, etc.- estamos de acuerdo en que algo es inadmisible y lo rechazamos.

Eso implica además dejar de comparar. No entrar en la discusión de si el secuestro es más o menos grave que la tortura o que las desapariciones. Despolitizar, en este caso, significa traducir aquello que es propio del lenguaje de los contendores políticos, al lenguaje de lo inhumano. Significa que cada posición política repudia los actos atroces de su enemigo más cercano -la izquierda a la guerrilla y la derecha a los ‘paras’- con el mismo vigor que condena los de su enemigo más lejano.

Siempre he creído que, respecto de los actos atroces, la derecha debería sentirse más cerca de la izquierda que de los ‘paras’ y la izquierda, más cerca de la derecha que de la guerrilla. Tendremos un país más civilizado el día en que no sea una sorpresa leer, por ejemplo, una columna de Fernando Londoño en que condene los abusos del Ejército o las masacres de los paramilitares, y una declaración de Carlos Lozano en que condene a la guerrilla por los secuestros.

De otra parte, el llamado a contextualizar, es decir a ubicar cada acto atroz en el contexto del conflicto, me parece que funciona como una especie de eufemismo de la violencia. En lugar de culpar a los criminales, atribuimos sus actos a “la violencia que nos afecta”. Por esa vía, todo se disculpa, la rebelión resulta siendo rentable y las instituciones se debilitan.

Tampoco creo que contextualizar disminuya el rencor natural de las víctimas. Eso es inevitable. Lo que hay que tratar es que ese rencor, en lugar de traducirse en un comportamiento vengativo ilegal, se canalice -y se apacigüe- por las vías de la justicia.

En ese sentido es indispensable que los actos de los victimarios sean visibles en toda su maldad, de tal manera que la sociedad entera se solidarice con las víctimas. Llamar a las cosas por su nombre ayuda a fundar una conciencia colectiva entre las víctimas y a canalizar su dolor por vías institucionales. Los eufemismos de la violencia, en cambio, alimentan la sensación de orfandad de las víctimas, privatizan la venganza y reproducen la violencia.

No podemos hacer depender el repudio nacional contra el secuestro de su equivalencia en el mal con otro delito -desapariciones forzosas, por ejemplo- cometido por sus enemigos.
Eso nos llevaría a una especie de contabilidad macabra en donde el valor del mal se juzga por su mal contrario, y no por lo que es.

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Poco ayuda a ese gran acuerdo nacional contra lo inadmisible que el Presidente acuse a la oposición democrática de terroristas vestidos de civil.

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