El miedo

Por: Mauricio García Villegasjunio 27, 2009

SIEMPRE HE PENSADO QUE UN BUEN indicador de la felicidad es la ausencia de miedo.


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SIEMPRE HE PENSADO QUE UN BUEN indicador de la felicidad es la ausencia de miedo.

No es lo único que cuenta para ser feliz, claro está, pero cuando se tiene miedo, todo lo demás —la riqueza, la libertad, el amor— se viene a pique. Por eso, al célebre dicho español “salud, amor y pesetas” yo le agregaría algo así como, “serenidad”, que es lo opuesto al miedo.

Cuando digo que para ser feliz hay que eliminar el miedo, no me refiero a todos los miedos. Algunos de ellos son indispensables para tener una vida segura y productiva. Los padres sabemos muy bien que en la educación de los hijos es tan importante aprender a tener miedo como aprender a no tenerlo y por eso hacemos lo posible para que los hijos encuentren un justo camino entre la temeridad y la cobardía. Queremos evitar que se conviertan en unos locos desbocados que no le temen a nada, sin que eso haga de ellos unos timoratos que se paralizan ante cualquier desafío.

Los miedos a los que me refiero son de otro tipo. Son los miedos evitables y voy a hablar de tres de ellos.

Los primeros son los miedos provocados por quienes ejercen poder de mando. Muchos políticos exitosos han forjado sus carreras creando enemigos de papel. Pero nadie se ha perfeccionado tanto en ese arte como la Iglesia Católica. Recuerdo una frase de José María Escrivá que mis profesores ponían en el tablero cuando yo estaba en el colegio: “Que no creéis en el infierno, ya lo veréis, ya lo veréis…”. Algo parecido decía Robespierre al final de su vida de sacerdote gobernante: “Quienes no creen en la inmortalidad del alma se hacen justicia”. Siempre he pensado que a esas frases hay que oponer lo dicho por Bertrand Russell: “El miedo es la fuente principal de superstición y una de las fuentes principales de crueldad. La conquista del miedo es el inicio de la sabiduría”.

Los segundos miedos evitables, tal vez los más terribles de todos, son aquellos que se originan en la guerra, en la violencia y en los conflictos armados. En el país hay más de tres millones de campesinos —el 7% de la población— que dejaron sus tierras por miedo a que los mataran. El hecho de que hayan decidido cambiar el miedo a morir en sus parcelas, por el miedo a tener hambre en las ciudades, dice todo sobre su drama.

Y esos son justamente los terceros miedos, los relacionados con la pobreza, con la lucha por la supervivencia diaria en medio de la incertidumbre. Se calcula que la mitad de la población colombiana vive por debajo de la línea de pobreza y que hay seis millones de personas que viven en la miseria.

En Colombia no sólo los bienes están mal repartidos —la educación, la salud, la tierra— también lo están los males y, entre ellos, el miedo. Quienes padecen la mala repartición de los bienes, es decir los más pobres, son los mismos que sufren por la mala repartición del miedo. Esto no sería tan reprochable si el Estado hiciera un esfuerzo por remediar esa diferencia. Pero no es así, el Gobierno no sólo es más demorado e ineficiente cuando enfrenta el drama de las víctimas pobres, sino que mira sus padecimientos con cierta indiferencia, como se acaba de ver con el proyecto de ley de víctimas.

Es increíble la facilidad con la cual los tres miedos que he descrito —a la guerra, al castigo divino y a la desigualdad— tienden, en Colombia, a juntarse en las mismas personas.

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