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El mundo al revés

Mauricio García Villegas
noviembre 13, 2009

Publicado en: El Espectador

No faltaba sino eso; ahora resulta que la derecha que rige los destinos de este país se encuentra, como el lobito bueno, asediada y maltratada por los jueces y abogados progresistas de la izquierda.

 

HAY UN POEMA DE JOSÉ AGUSTÍN Goytisolo que dice así:

Erase una vez / un lobito bueno / al que maltrataban / todos los corderos / y había también / un príncipe malo / una bruja hermosa / y un pirata honrado / todas esas cosas había una vez / cuando yo soñaba / un mundo al revés”. Me acordé de esos versos al leer en este diario, hace un par de semanas, la columna del ex ministro Alberto Carrasquilla titulada “Progresismo y progreso”. Allí se sugiere que el Estado colombiano se encuentra dominado por una retórica jurídica y progresista que de tanto proteger derechos y fomentar el activismo judicial, ha impedido el progreso social y el desarrollo económico. La ineficacia de nuestras políticas públicas, dice el ex ministro, se origina en la falta de una derecha moderna que sea capaz de controvertir, con altura intelectual, esa narrativa progresista que gira alrededor de la Constitución de 1991.

Leyendo la columna de Carrasquilla uno tiene la impresión de que en Colombia, como en el mundo al revés de Goytisolo, la izquierda tiene el poder y está encargada de las políticas públicas, mientras que la derecha, como el lobito bueno, está acorralada y a la defensiva.

Es cierto que la Constitución de 1991, con su sistema de protección de derechos y de justicia social, suscita el apoyo de muchos. Lo que parece descabellado es sacar de allí la conclusión de que este país está gobernado por constitucionalistas progresistas o de izquierda.

Nadie niega que la Corte Constitucional impone restricciones importantes al Gobierno y al poder político —¡que tal que no!— pero ellas no alcanzan a afectar, mucho menos a poner en tela de juicio, lo esencial del modelo económico liberal y de derecha que rige en Colombia. En materia de igualdad social y de democracia, la Constitución del 91 es, por ahora, una aspiración más que una realidad jurídica.

Es pues absurdo decir que las ideas progresistas son efectivas simplemente porque se encuentran consagradas en una constitución. Miradas las cosas de manera realista, la historia del derecho progresista en Colombia parece ser la dosis de bondad y de humanidad que una sociedad como la nuestra necesita para matar la mala conciencia de no poder superar la injusticia y la desigualdad. Hay algo de hipocresía en las constituciones progresistas latinoamericanas: ellas son, parafraseando a La Rochefoucauld, un homenaje que el vicio le rinde a la virtud.

La Corte Constitucional ha tratado de remediar esa historia de hipocresía y de ineficacia dictando sentencias que se toman en serio los derechos. Pero los jueces pueden hacer muy poco cuando el desarrollo de los derechos sociales no cuenta con el apoyo de las mayorías políticas en el Congreso y en el Gobierno. Que algunos jueces traten de remediar esa falta de compromiso político con sentencias justicieras, es apenas natural y en todo caso no cambia mucho la situación estructural de penuria social en la que vive la gran mayoría de los colombianos.

Así pues, en Colombia el poder político está en manos de la derecha, no de la izquierda y por eso la responsabilidad de que sigamos como estamos es de esa derecha y de nadie más. Carrasquilla nos propone la tesis descabellada, y cínica, de que la derecha fracasa porque las ideas de izquierda le impiden gobernar.

No faltaba sino eso; ahora resulta que la derecha que rige los destinos de este país se encuentra, como el lobito bueno, asediada y maltratada por los jueces y abogados progresistas de la izquierda. El mundo al revés.

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