Dejusticia-WHITE-with-transparent-background

El neoliberalismo

Mauricio García Villegas
diciembre 3, 2017

Publicado en: El Espectador

Es cierto que el NL, como cualquier ideología influyente, no habría perdurado tanto tiempo si no tuviese un núcleo de verdad. El problema es la combinación de esas verdades con el dogma y la fantasía.

 

En el debate político colombiano, “neoliberal” y “neoliberalismo” son palabras menoscabadas por su adjetivación. Por eso, y porque siempre me ha parecido que el neoliberalismo (NL) es más un verdugo de las ideas liberales que una de sus manifestaciones (un posliberalismo más que un neoliberalismo), suelo no usarlas para no alborotar el avispero.

Ahora me animo a hablar de estas cosas después de leer un libro extraordinario sobre el tema, escrito por Fernando Escalante y titulado Historia mínima del neoliberalismo. En esta historia (no tan mínima, tiene más de 300 páginas) se describe con detalle y rigor la evolución intelectual del movimiento y se muestra la manera como sus promotores (Friedrich Hayek, Milton Friedman, Gary Becker y Bruno Leoni, entre otros) lograron imponerse en los círculos de poder, en las universidades, en la prensa y en los ministerios de Hacienda de casi todos los países del mundo.

Resalto dos ideas básicas, entre muchas otras, que están en el corazón del argumento que elabora Escalante.

La primera es que el NL pretende estar fundado en una ciencia dura, como la física, y eso lo logra, o mejor, dice lograrlo, eliminando los contextos sociales de sus análisis. El NL no elabora sus postulados a partir de hechos, sino de modelos basados en supuestos: individuos racionales, bien informados, mercados en equilibrio, sin costos de transacción, etc. Es, dice Escalante, una economía para armar y especular según el antojo ideológico de sus creadores. Según Milton Friedman, por ejemplo, lo que importa no es si los supuestos son realistas, sino si permiten formular predicciones acertadas. El problema es que en la práctica (con los contextos a bordo) la teoría no funciona. O, mejor dicho, a veces funciona y a veces no (el NL no anticipó, por ejemplo, la crisis económica del 2008), con lo cual es una teoría falsa (no hay ciencia 50 % verdadera). No sobra decir, plantea Escalante, que las demás ciencias sociales, sobre todo la sociología, han recorrido el camino inverso: en lugar de alejarse de los contextos se han acercado cada vez más a ellos.

Lo segundo es que el NL es mucho más que una ciencia económica. Es una visión completa del mundo, una concepción del individuo, de la sociedad y de la justicia. Su alma está en la idea de mercado, entendido como un ente metafísico (un deus ex machina) que ordena el mundo y distribuye los bienes con justicia. La superioridad moral del mercado crea un individuo nuevo, emancipado de la servidumbre del Estado, de los bienes públicos, de la democracia y del interés general, que son vistos como los grandes obstáculos para crear una sociedad justa.

El libro termina con una referencia a un texto de Raymond Aron que se llama El opio de los intelectuales, en donde se explica la fascinación que tenían los intelectuales franceses por el comunismo. No fue la solidez científica del marxismo, dice Aron, sino “su fondo mítico” lo que causó este encanto. Pues bien, según Escalante, los intelectuales del NL reemplazaron a los profesores marxistas de antes: ven la historia con los ojos de la ciencia, de la moral y de la igualdad. Solo que en este caso la igualdad está en el egoísmo que comparten ricos y pobres en un mercado omnisciente y justo que les da lo que cada uno se merece.

Es cierto que el NL, como cualquier ideología influyente, no habría perdurado tanto tiempo si no tuviese un núcleo de verdad, sobre todo en algunas de sus críticas a Keynes y a las políticas del Estado de bienestar. El problema es la combinación de esas verdades con el dogma y la fantasía. Escalante lo dice con una frase reveladora de Raymond Aron: “Cuando la ideología admite el absurdo, se convierte en dogma”.

Powered by swapps