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¿El ocaso de los grandes tratados? Reflexiones tras la cumbre sobre el cambio climático en Lima

César Rodríguez Garavito
febrero 4, 2015

Publicado en: Open Global Rights

Que la sociedad civil ejerza presión de abajo hacia arriba, en vez de imponer obligaciones de arriba havia abajo a través de los tratados, es la única manera de lograr que los gobiernos actúen con respecto al calentamiento global.

 

Tony La Viña pestañea cuando le pregunto por el mundo en que vivirán sus hijos. Veterano negociador de 17 de las 20 cumbres globales sobre cambio climático, Tony sabe que a su nativa Filipinas se le acaba el tiempo: que tifones como El Látigo, que barrió el archipiélago hace escasos días, volverán con más saña y frecuencia; que es probable que Camiguin, su isla favorita, se hunda antes de fin de siglo, junto con retazos de Cartagena y Santa Marta; y que nos une esto de vivir en unos de los países más vulnerables al calentamiento global, donde no hay más tiempo que perder que el instante de un pestañeo de duda.

Conocí a Tony en las recientes negociaciones sobre el cambio climático en Lima. Él estaba liderando un grupo de países vulnerables y estaba determinado a replantear los términos de la discusión sobre el cambio climático, para pasar de verla como un debate entre  norte y sur a verla como una emergencia en materia de derechos humanos.


Flickr/CAFOD Photo Library (Some rights reserved)

Typhoon Hagupit batters the Filipino coast. Due to the effects of climate change, the Philippines are expecting severe typhoons like Hagupit to increase in severity and frequency in the near future.


 

El acuerdo que fue preparado apresuradamente en Lima (y que se espera sea finalizado en Paris en diciembre del 2015) es demasiado poco y llega demasiado tarde para evitar dos cifras críticas: dos grados y la sexta extinción. Los dos grados centígrados son los de calentamiento del planeta, en comparación con la temperatura a comienzos de la era industrial, que los científicos y la comunidad internacional se habían fijado como límite tolerable en la cumbre de Copenhague en 2009. La sexta extinción es la de miles de especies por causa del cambio climático, la de los corales que se están convirtiendo en esponjas inertes por la acidificación de los océanos, o los anfibios que sucumben alrededor del globo.

Los últimos informes del Grupo Intergubernamental sobre Cambio Climático muestran que, a menos que se logren reducciones radicales en las emisiones de carbono en el corto plazo, la humanidad va a pasar de largo esos umbrales en las próximas décadas, probablemente en la segunda mitad del siglo.

Es claro, sin embargo, que un tratado que imponga recortes drásticos no resultará de las negociaciones en Lima y Paris. A pesar de que hay notables avances, como las reducciones prometidas por los Estados Unidos y China, y las que los otros 194 países deberían anunciar en los próximos meses, ellas serán mucho menores que las que han sido recomendadas por los científicos.

Así, quizás la elección más duradera que nos llevamos los asistentes a la cumbre global sobre cambio climático es que cada vez es más difícil lograr tratados ambiciosos y vinculantes. La manera tradicional de creación del derecho internacional implica la construcción de tratados con reglas duras y homogéneas. El Protocolo de Kioto de 1997 cabe dentro de este modelo, en la medida en que impone a países ricos —los principales responsables históricos del cambio climático— obligaciones perentorias sobre reducciones en sus emisiones de carbono. Así, Kioto seguía la línea de los tratados de la segunda mitad del siglo XX, que culminó con el Estatuto de Roma, origen de la Corte Penal Internacional.

Los logros históricos del modelo son notables. En una comunidad internacional profundamente desigual, intenta atar a los países poderosos a las mismas reglas de juego; en un mundo marcado por violaciones graves de los derechos humanos, busca construir una jurisdicción universal de la que no puedan escapar los perpetradores.

Pero también son evidentes sus limitaciones. En la práctica, los tratados toman décadas de negociaciones y su aplicación depende de órganos como los de la ONU, con poderes y presupuestos restringidos. Sus estándares, además, pueden ser desmedidamente rígidos, como lo muestra la interpretación punitivista de la justicia transicional que podría convertir a la Corte Penal Internacional en un obstáculo para procesos de paz como el colombiano. Y la vigencia del modelo dependía, en últimas, de la voluntad de un grupo reducido de países (EE.UU. y Europa) con la capacidad de promover los acuerdos y garantizar su aplicación por la fuerza (con frecuencia a cambio de estar, ellos mismos, exentos de algunas de las obligaciones resultantes).

Esa es la realidad geopolítica que ha cambiado, como quedó claro en Lima. El modelo de Kioto está haciendo agua porque EE.UU. y Europa ya no tienen el poder para imponer un tratado sin cumplirlo, y porque no tendría sentido un acuerdo sin China, India o Brasil, las nuevas potencias contaminantes. Más que un aparato regulatorio global, el acuerdo que vimos surgir quienes estuvimos en Lima es una colección de promesas nacionales, públicas y precisas, de reducir las emisiones. Su debilidad es carecer de un organismo global que garantice su aplicación; su fortaleza es facilitar que los actores nacionales, desde los movimientos ambientalistas hasta las alcaldías y las empresas, participen en su implementación y presionen el cumplimiento de las metas.

Era fácil irse de Lima con la sensación de fracaso. Le dije a La Viña que un puñado de normas blandas parece muy poco frente al prospecto calamitoso del cambio climático. Pero él, optimista irredimible que ha sobrevivido a dos décadas de negociaciones fracasadas, me recordó que nunca antes todos los gobiernos se habían comprometido a proponer y publicar metas precisas de recorte de emisiones. Y que cuando lo hagan, la  iniciativa dejará de estar sólo en los Estados, para pasar a las autoridades locales, las organizaciones sociales, el sector privado, los medios y los ciudadanos, que podrán ejercer presión para que se cumplan, e incluso impulsar proyectos propios que contribuyan a ellas.

Tiene razón: hay esperanza y mucho por hacer. Pero cuando nos despedimos, se me ocurrió lo que yo haría si tuviera hijos y me preguntaran sobre el mundo que les espera cuando tuvieran mi edad. Seguiría el ejemplo Ralph Keeling, el científico líder mundial en mediciones de carbono en la atmósfera. “Cuando voy a pasear con mis hijos”, dijo, Keeling, “les recuerdo que las cosas que ven podrían extinguirse cuando ellos crezcan. Les digo que disfruten estos hermosos bosques antes de que desaparezcan… Que noten y aprecien lo que tenemos, y le digan adiós”.

Consulte la publicación original, aquí.

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