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El país de la eterna parranda

César Rodríguez Garavito
enero 14, 2014

Publicado en: El Espectador

La larga resaca nacional por el fin de la eterna parranda de Diomedes sigue provocando opiniones encontradas.

 

La mayoría se ciñe al guión de que no hay muerto malo y recuerda que todos le debemos algún verso al Cacique. Otros, como Cecilia Orozco, evocan que el difunto fue un homicida condenado, prófugo de la justicia y protegido de los paramilitares.

Pero Diomedes Díaz no fue ni una ni otra cosa solamente, sino las dos a la vez. Por eso un país entero lo idolatró: porque la cultura de este país, la colombianidad, consiste en esa mezcla de gozo y violencia, de celebración y maquinación. Por eso es al tiempo una de las sociedades más felices y una de las más violentas del mundo.

Pocos como Diomedes contribuyeron a soldar esa amalgama idiosincrática, esa perplejidad sociológica. En un país fragmentado por regiones, sus canciones se convirtieron en la música de fondo que daba la impresión de algo coherente detrás de los fragmentos. Uno se montaba en un taxi bogotano oyendo una de sus tonadas, hacía trasbordo a un bus intermunicipal que tocaba todo su repertorio y era recibido por su voz en la terminal de Santa Marta, Villavicencio o Cali. Sus letras poéticas les hablaban, sus melodías ponían a bailar a colombianos de todo tipo. Detrás vinieron otros que consolidaron el vallenato como la banda sonora nacional.

Pero la Colombia que encumbró a Díaz fue la del ascenso del narcotráfico y el paramilitarismo. Y el juglar terminó pareciéndose a ella. Lo superó la adicción a las drogas, festejó la plata fácil, le dio por insultos machistas y homófobos, terminó condenado a la cárcel por provocar la muerte de una de sus amantes, evadió la justicia y se refugió tras el anillo de seguridad de paramilitares amigos. Con eso se cerró el círculo de compenetración entre el artista y su público, entre el cantor y su medio. Y quedó claro que “no hay ninguna diferencia entre el país que anda de rumba y el país que se derrumba”, como escribió Alberto Salcedo en su crónica magistral sobre Diomedes, de cuyo título tomo parte del de esta columna.

En su derrumbe, el país respondió con adoración renovada y terminó pareciéndose, a su vez, a Diomedes. Mientras que éste amenizaba las parrandas de las autodefensas cerca de Valledupar, por el resto del país se difundía la cultura que él encarnaba y que alcanzaría su auge en la era uribista: la del fin justifica los medios, la de los improperios polarizantes, la corrupción rampante y los machos pendencieros.

Sin tener el talento musical de Díaz, algunos ídolos vallenatos de la nueva generación, como Silvestre Dangond, se han encargado de extremar la celebración de la ilegalidad, la agresión y el chauvinismo. De nuevo, fue Alberto Salcedo el que puso el dedo en la llaga en su aguda diatriba contra Dangond en Soho. “¿Cómo fue que este ser de modales tan repulsivos se convirtió en un fenómeno de masas?”, pregunta el cronista. “Sencillo: pareciéndose al país que lo endiosa” (y eso que lo dijo antes de que Dangond le enviara un saludo a Emilio Tapia, acusado por el carrusel de la contratación de Bogotá, en pleno concierto de Año Nuevo hace un par de semanas en Cartagena).

De modo que la herencia de Diomedes Díaz es mucho más que sus canciones, y tan contradictoria como el país que le tocó vivir. Ojalá sobreviva su música, pero muera con él su legado cultural.

Consulte la publicación original, aquí.

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