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El papa visto desde Francia

Mauricio García Villegas
marzo 16, 2013

Publicado en: El Espectador

Francia no es lo que uno diría un bastión del catolicismo. Más bien es lo contrario. Allí la Iglesia católica ha tenido muchos dolores de cabeza, empezando por la promulgación, al inicio de la Revolución francesa, de la llamada “Constitución civil del clero”, que obligaba a sacerdotes y obispos a jurar fidelidad al pueblo revolucionario.

 

Francia no es lo que uno diría un bastión del catolicismo. Más bien es lo contrario. Allí la Iglesia católica ha tenido muchos dolores de cabeza, empezando por la promulgación, al inicio de la Revolución francesa, de la llamada “Constitución civil del clero”, que obligaba a sacerdotes y obispos a jurar fidelidad al pueblo revolucionario.

Luego vino Napoleón, quien no sólo hizo que el papa Pío VII viajara desde Roma hasta París para coronarlo (algo que ni el mismo Carlomagno pudo), sino que cuando lo fueron a consagrar tomó la corona en sus manos y se la puso, evitando así cualquier imagen de subordinación ante la Iglesia de Roma.
En Francia ya no existe esa animadversión contra la Iglesia, pero los católicos son cada vez menos afectos al Vaticano. En los últimos treinta años los bautizos han disminuido en un 33%, las confirmaciones en un 50%, los matrimonios católicos en un 42% y las vocaciones sacerdotales en un 41% (el número de sacerdotes que muere cada año es ocho veces mayor que el número de ordenados). Más impresionante aún es el hecho de que el 52% de los jóvenes entre 18 y 34 años dicen no pertenecer a ninguna religión.
Pero nada de esto impide que los franceses experimenten una cierta fascinación con el papa y con todo lo que lo rodea. Lo digo porque lo he visto. Por esas cosas del destino, estaba yo en Francia hace ocho años cuando resultó electo Benedicto XVI y estuve hace un par de días cuando ocurrió lo mismo con Francisco. En ambos casos, los medios de comunicación se dedicaron durante semanas a hablar de sus santidades. Libération y Le Monde, los periódicos liberales, dedicaron sus primeras cinco páginas, sí, cinco, a hablar de Francisco. Comentaristas de todo tipo, desde modistos hasta teólogos, hablaron de sus zapatos, de su sotana, de su pasado y del significado de sus primeras palabras, como si se tratara de enmiendas bíblicas.
Pero el interés de los franceses por el papa está lejos de ser un fervor religioso. Al día siguiente de la elección, cuando escribo estas líneas, voy a ver lo que ocurre en la iglesia más cercana; ingreso y me encuentro con el habitual ambiente de museo abandonado (que me encanta) y con una o dos personas de edad, sentadas en medio de la inmensidad vacía, quizás rezando, quizás huyendo del frío.
Todo esto me lleva a pensar que, al menos en Francia, buena parte del interés que suscita el papa es más social y político que religioso, como ocurre con la reina Isabel II de Inglaterra, que también fascina a los medios.
En América Latina, en cambio, el papa, más que un evento social y político, es un fenómeno religioso (por eso hoy el papa es argentino). En Venezuela, por ejemplo, al presidente Maduro, en plena campaña presidencial, se le ocurrió decir que Chávez pudo haber influido en la elección de un papa latinoamericano (en el chavismo, el poder, la mística y el chiste se confunden), lo cual, estoy seguro, convence a más de uno.
Quizás el interés de los franceses por el papa también se explique por una especie de nostalgia de la monarquía absolutista (el papa es lo más parecido que hay a un monarca absoluto) la misma que encarnaba el ideal social de tener una sola fe, una sola ley y un solo rey (une fois, une loi, un roi).
Incluso Napoleón, que sólo creía en la Ilustración, era consciente de la importancia social y política que tenía la Iglesia. Por eso dijo alguna vez que si bien él no veía en la religión el misterio de la encarnación, sí veía en ella el misterio del orden social.

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