El Polo lleva las de perder

Por: Mauricio García Villegasmarzo 20, 2007

El autor asegura que el fortalecimiento de la democracia en Colombia depende, en buena parte, de que la izquierda democrática se convierta en una verdadera alternativa de poder y en esa medida, le hace un llamado a preocuparse por el elector medio.


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En el debate político actual abundan los agravios entre voceros de la oposición y del Gobierno. ¿A quién beneficia ese tipo de enfrentamiento? Sin ser un experto en asuntos electorales, creo que sale perdiendo el Polo y voy a explicar por qué.

Más de 40 años de lucha guerrillera no solo han dejado devastación y muerte en Colombia; también han dejado una población que, en temas políticos, se debate entre la apatía y el sesgo hacia la derecha. Por eso, paradójicamente, la principal víctima política de la guerrilla es la izquierda democrática.

A mi juicio, esto tiene explicación en la mentalidad del elector urbano colombiano. En primer lugar, en su pragmatismo. Tantos años de violencia han hecho del colombiano medio -en todas las clases sociales- una persona profundamente escéptica -casi cínica- que se acomoda a las situaciones más adversas. Con esa actitud, termina tolerando a los paramilitares, no porque sean menos despiadados, sino porque dejan trabajar y viajar mejor.

La segunda es su visión simplista del debate político. Algo así como esto: en la mitad están los partidos políticos tradicionales que, por lo general, son unos ladrones; a la derecha está el Gobierno, respaldado por los paramilitares, y a la izquierda se encuentra el Polo, respaldado por la guerrilla. Puede ser una imagen distorsionada, pero no por eso es menos efectiva.

El presidente Uribe ha sabido convencer a ese colombiano medio. Su estrategia ha consistido en presentarse como si fuera ajeno a los partidos tradicionales y en hacer ver al Polo como si fuera una organización política cercana a la guerrilla.

Para muchos dirigentes del Polo, en cambio, es difícil comprender a ese colombiano pragmático y relativamente insensible frente a las violaciones de derechos humanos. Pero deben hacerlo, si quieren llegar al poder. Y para convencerlo, deben adoptar un discurso político que -al lado de la condena del paramilitarismo, la defensa de los derechos sociales y el antiimperialismo- incluya propuestas sobre seguridad ciudadana, lucha antisubversiva, orden económico y derechos de propiedad.

Muchos dirigentes de izquierda piensan que abordar estos temas es hacerle concesiones a la derecha. No lo creo. Ninguna visión política seria puede hacer caso omiso del problema de la seguridad y del orden, menos aún cuando llega al gobierno.

No es que los dirigentes del Polo no tengan buenas ideas al respecto; sí las tienen, pero no insisten en ellas. En política lo que vale no es tanto lo que se dice -como en un tribunal- sino aquello que se recalca. (En ese sentido, creo que algunos dirigentes del Polo se equivocaron al no condenar enfáticamente -como sí lo hizo Carlos Gaviria- los desmanes ocurridos durante la manifestación contra Bush, el pasado domingo 11.)

El intercambio de agravios que vemos hoy en día hace parte de esa costumbre nacional que consiste en acusar al opositor de tener alianzas con el actor armado más cercano. En esa disputa, el Polo tiene todas las de perder. Sus denuncias sobre la paramilitarización del Estado nunca le darán tantos votos como los que pierde con las acusaciones que recibe por su supuesta simpatía con la guerrilla.

El fortalecimiento de la democracia en Colombia depende, en buena parte, de que la izquierda democrática se convierta en una verdadera alternativa de poder. Cuando eso suceda, tendremos una derecha más seria y más decente. En busca de ese objetivo, el Polo debería preocuparse por captar el voto del colombiano medio. Para ello no basta con estar alejado de la guerrilla. Es necesario, además, aparecer como tal.

Esa actitud no solo es éticamente aceptable; también es políticamente rentable. ¿Qué más se puede pedir para adoptarla?

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