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El populismo y sus enemigos

César Rodríguez Garavito
enero 25, 2007

Publicado en: Semana

El autor manifiesta que el concepto de populista no puede reducirse al caudillismo inaceptable de un Chávez.

 

En días pasados Eduardo Posada Carbó se vino lanza en ristre en estas páginas contra “algunos sectores intelectuales” que considera amigos del terrible vicio del populismo.

Como el blanco de su crítica es una columna mía (Semana.com, 15/12/06) y como para Posada Carbó ser populista es lo mismo que ser antidemócrata al estilo chavista, hay que aceptar el interesante duelo que plantea el conocido columnista.

El asunto no es de poca monta. Porque la juiciosa crítica de Posada Carbó es la versión intelectual de la alergia que le tiene la élite política y económica al “fantasma populista” que ve en el resurgimiento de la izquierda en América Latina.

Alergia que lleva a los críticos a una visión maniquea del populismo que se viene abajo apenas se escudriñan sus bases históricas y conceptuales.

Comencemos por las históricas. Posada Carbó critica mi tesis de que en otros países, como en Estados Unidos, llamarse populista no es pecado mortal, y que el mal olor del concepto del populismo en nuestras tierras es un tropicalismo latinoamericano que economistas ortodoxos se inventaron en los 90 para desacreditar las políticas redistributivas. Contra ello sostiene que el populismo ha sido siempre y en todo lugar “una desviación de la democracia que desprecia el argumento razonado con el fin de agitar las pasiones de la masa informe”.

Pero la crítica no resiste el escrutinio histórico. Porque el origen del populismo en Estados Unidos es justamente el contrario: un amplio movimiento de expansión de la democracia a finales del siglo XIX. Impulsado por los pequeños agricultores arruinados por la depresión y liderado por un nuevo partido -que, por si quedaran dudas, se llamaba Partido Populista-, el movimiento encarnó desde entonces la rebelión de los de abajo contra la élite, en este caso la del Este estadounidense.

Rebelión que en 1900 fue inmortalizada en el libro que se convirtió en El mago de Oz, la película que todos hemos visto y que hoy es ampliamente reconocida como una alegoría populista.

Y la plataforma populista era lo opuesto a la antidemocracia que asusta a Posada Carbó: elección directa de senadores, democracia participativa, flexibilización del crédito y reducción de la jornada laboral a ocho horas diarias. Mejor dicho: la profundización de la democracia y la inclusión social que hoy los críticos antipopulistas dan por descontadas y que, tras la desaparición del Partido Populista, fue apropiada por el Partido Demócrata.

Como serio historiador que es, Posada Carbó conoce bien todo esto. De ahí que sorprenda aún más el malabar intelectual por el que -como si fuera un antimago de Oz- saca del sombrero un concepto de populismo vaciado de todo contenido y reducido al autoritarismo y caudillismo flagrante e inaceptable de un Chávez, o de un Perón o un Getulio Vargas en décadas pasadas.

Si dejamos la magia a un lado, la realidad es otra. Como lo dije en mi columna, una política es populista si tiene el apoyo de la opinión mayoritaria y favorece la inclusión política y los intereses de “las masas” marginadas.

Lo cual no es tan mala idea en una democracia. De ahí que autores tan diversos como Joseph Stiglitz y Ernesto Laclau hayan salido recientemente en defensa del populismo y de medidas populistas como evitar el IVA sobre la canasta familiar.

En últimas, lo contrario al populismo no es la democracia, sino la tecnocracia. Porque aquel pone a tambalear la premisa de la que viven los tecnócratas: que las decisiones políticas fundamentales deben ser dejadas a la élite técnica e intelectual, antes que a “la masa informe” a la que tanto temen los críticos como Posada Carbó.

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