| Por: Mauricio García Villegasfebrero 9, 2006

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El secuestro: el debate del intercambio humanitario

Es un drama que los familiares también estén, de cierta manera secuestrados por la guerrilla.

Es un drama que los familiares también estén, de cierta manera, ?secuestrados? por la guerrilla.

Casi nunca estoy de acuerdo con las posiciones políticas de Rafael Nieto Loaiza. Nuestras visiones del país, del derecho y del conflicto armado se encuentran en dos sitios alejados del espectro político democrático. Sin embargo, en días pasados, en Hora Veinte de Caracol, dijo algo con lo cual me identifico. En su opinión, los familiares de los secuestrados por la guerrilla y los defensores de derechos humanos que los acompañan tendrían más éxito en su dolorosa tarea por liberar a los plagiados si sus manifestaciones públicas y sus reclamos estuvieran destinados prioritariamente a denunciar los actos de la guerrilla.

En alguna ocasión le oí decir a Chucho Bejarano que lo único que verdaderamente ablandaba las estrategias terroristas de la guerrilla eran las manifestaciones populares en su contra. Alguien me dirá que las protestas de hace algunos años contra el secuestro no sirvieron para nada. No lo creo.

En primer lugar, quiero advertir que no estoy proponiendo que los familiares de los secuestrados salgan solos a la calle a protestar contra la guerrilla. Lo que propongo es que salga toda la sociedad que cree en la democracia. Me parece que el agotamiento de las marchas anteriores contra el secuestro estuvo en que ellas eran vistas como una iniciativa de la clase alta. Eso no debería ser así. El secuestro debería suscitar una cruzada común entre todas las clases y posiciones políticas. No hablo simplemente de un rechazo colectivo, sino de algo mucho más enfático, más explícito en su sindicación. Las manifestaciones eufemísticas “contra la violencia que nos afecta” o en favor de “la paz” son importantes pero poco efectivas. Hablo de una cruzada colectiva en la que los distingos políticos se confundan.

En segundo lugar, pienso que las manifestaciones de hace algunos años sí sirvieron. Quizás no para liberar a los secuestrados, pero sí para unir a la población civil en contra de un enemigo común. ¿Es eso poco? No me parece. La unidad nacional en torno al rechazo de los grupos armados y del secuestro ?de todo origen? es una condición necesaria, quizás insuficiente, pero necesaria para vencer política y militarmente a tales grupos. Incluso si ello no conduce a la liberación de los secuestrados, la unidad nacional en torno a acuerdos mínimos que no hagan parte de las disputas políticas como este, es algo por sí mismo muy valioso en un país tan fragmentado por el conflicto. ¿O es que acaso alguien tiene una mejor alternativa?

El acto del secuestro es una infamia que ninguna ideología política puede justificar. Más aún, es una barbarie que ninguna posición política puede dejar de condenar. Por eso se trata de algo que está por fuera de lo político y por eso justamente, por no ser algo político, no tengo que justificar mi rechazo haciendo alusión a las desapariciones y las masacres de la derecha, las cuales, por sí mismas, son igualmente condenables.

Lo peor de esta situación es que el paso del tiempo parece favorecer la estrategia de la guerrilla: la opinión pública olvida la barbarie del hecho inicial que dio lugar al secuestro y sólo ve el dolor de los secuestrados y la negociación que nunca llega. Pero debería ser al contrario: la condena del plagio inicial se debería empeorar con el paso del tiempo.

Me parece un drama que los familiares de los secuestrados también estén de cierta manera ?secuestrados? por la guerrilla, haciendo lo que ella quiere que hagan, esto es, presionando al Gobierno. El hecho de que sea Uribe el Presidente ?y de que le guste a Rafael Nieto Loaiza y a mí no? es irrelevante. Mi punto es que la opinión pública no debería tener la percepción, como pretende la guerrilla, de que el acto del secuestro es menos grave que la indecisión del Gobierno en relación con el intercambio humanitario.

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