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El sexismo nuestro de cada día

Mauricio Albarracín
abril 27, 2016

Publicado en: El Espectador

La semana pasada, en la Feria del Libro, participé en una discusión que reveló que el sexismo está presente en nuestra sociedad con una fuerza inusitada, y que el feminismo es una voz despreciada en nuestros debates públicos.

 

El debate se titulaba “Una agenda periodística sin lugar para tabús”, realizado en el marco del Encuentro Internacional de Periodismo. La idea inicial era discutir cómo los medios estaban asumiendo los debates morales recientes sobre los derechos LGBT, la eutanasia y los derechos de las mujeres. Para ello, invitaron a Matador, Carolina Sanín y a mí, para que habláramos de la evolución de estos temas. Durante el debate, Carolina Sanín dijo que le parecía interesante que no le preguntaran por el feminismo, y empezó a hablar sobre cómo se referían a las mujeres y sus posibilidades de expresión en la esfera pública. Pasado un rato, un señor del público empezó a decir: “pase la palabra”. Luego, en el intercambio con Sanín, el hombre remata: “pase la palabra y no siga con su feminismo trasnochado” (ver crónica de Laura Martínez en Arcadia). Pasado este altercado, Matador hizo un chiste sobre la violencia sexual después de que Carolina Sanín dijera que le daba miedo andar por la calle, después de que una persona en las redes sociales la amenazara de violarla.

Este hecho y las reacciones que escuché, especialmente la información que contó La Luciérnaga, me hicieron pensar en algo paradójico: podemos hablar de toda clase de debates morales, pero el sexismo es un tema del que no se habla, y cuando se habla, es minimizado, despreciado o ridiculizado. En este caso, el sexismo tuvo tres gestos: mandar a callar a una mujer, hacer un chiste sobre la violación y la presentación de una información incompleta y tergiversada en el programa La Luciérnaga, por ejemplo, llamar a Sanín como “esta niña” como lo mostró Yolanda Reyes en su columna de esta semana (escuchar audio).

Mary Wollstonecraft inició su famoso texto sobre la Vindicación de los derechos de la mujer con una exhortación a los hombres: “Quiero al hombre como compañero; pero su cetro, real o usurpado, no se extiende hasta mí, a no ser que la razón de un individuo reclame mi homenaje; e incluso entonces la sumisión es a la razón y no al hombre”. Los hombres nos creemos con un derecho natural o divino de mandar y no somos conscientes de nuestros privilegios. Las voces de los hombres se escuchan por todas partes sin medida y hasta el cansancio. Cuando un hombre habla duro, la gente lo considera valiente, vehemente, en fin: todo un varón.

Cuando una mujer presenta argumentos contundentes y con la rabia que produce la injusticia, se le hace un control del tono a través de la ridiculización. De hecho, cuando las mujeres hablan claro y son independientes, los hombres las marginan y no las escuchan. Por eso, los hombres, especialmente los más poderosos, prefieren a mujeres sumisas, silenciosas, leales y buenas trabajadoras.

Ningún poderoso renuncia a sus privilegios gratuitamente. Las mujeres independientes, esas que escriben desde un cuarto propio, están aquí para recordarnos que existe una profunda discriminación contra las mujeres y que vivimos rodeados de clubes de caballeros. El feminismo es una voz necesaria y urgente. Es por ese potencial emancipatorio y por amenazar el poder masculino que se le desprecia en el debate público.

No trato de acusar a otros hombres desde una cúspide moral. También soy un hijo del patriarcado y me he equivocado: he interrumpido a las mujeres cuando hablan, no las he escuchado, las he ridiculizado, las he excluido. En suma, también he sido un “hombre pequeñito”, como el del hermoso poema de Alfonsina Storni. Pero he tenido la fortuna de estar rodeado de mujeres -amigas y maestras- que me recuerdan mi ridículo pedestal de barro donde vocifera un machito prepotente (porque, como dijo acertadamente Carolina Sanín, los gays también somos machistas). Felizmente y gracias a ellas, soy un patriarca en rehabilitación.

Los hombres deberíamos escuchar y leer más sobre el feminismo y los derechos de las mujeres. Estoy seguro que tendríamos que bajar la cabeza ante la razón, la evidencia y la crítica, como la que hizo Carolina Sanín en esa discusión. Señores, tenemos la posibilidad de participar en la “extinción paulatina de la dominación masculina” (Pierre Bourdieu), la peor y más evidente forma de discriminación que atraviesa silenciosamente nuestra vida cotidiana.

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