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El síndrome Claudia López

César Rodríguez Garavito
enero 26, 2011

Publicado en: La Silla Vacia

Mucho se ha dicho sobre la audiencia de este lunes dentro del proceso de Ernesto Samper contra Claudia López.

 

Mucho se ha dicho sobre la audiencia de este lunes dentro del proceso de Ernesto Samper contra Claudia López. Basta ver el reguero de trinos que dejó la transmisión en vivo de La Silla.

Pero no me interesa entrar en el debate. No porque no tenga una opinión: defiendo la libertad de expresión de periodistas que, como Claudia, se atreven a decir lo que todo el mundo sabe o sospecha, con nombres propios y sin rodeos. Para eso sirve la opinión y por eso sus estándares son distintos de los de la información, como lo reconoce el derecho nacional e internacional.

Quisiera, más bien, apuntarle a algo que pocos han comentado y que llamaría el “síndrome Claudia López”: el efecto de intimidación que tienen las amenazas de carcelazos sobre el derecho suyo o mío a opinar.

Si usted escribe o consume blogs, trinos, columnas o cualquier texto de opinión, debería estar preocupado por este síndrome, que tiene dos síntomas. El primero es el contagio de un estilo de escribir columnas y textos de opinión que se ha vuelto popular y que está guiado por el principio de la canción ochentera de Los Prisioneros: “nunca quedas mal con nadie”. Por conveniencia o por miedo a un carcelazo, cada vez más columnistas, incluyendo algunos muy leídos, parecen escribir en clave. Nunca hablan con nombres propios, sino en seguros plurales. Cuando es obvio que quieren criticar a otro columnista, dirigen sus dardos a “algunos opinadores” (como lo hago deliberadamente aquí, para devolver el favor). Cuando se refieren a actos de corrupción o incompetencia de funcionarios específicos, prefieren hablar de “el gobierno”. Y, como es más fácil criticar al “Estado” que a una empresa, se abstienen cómodamente de identificar abusos del sector privado.

El segundo síntoma del síndrome es lo que llamaría el efecto “Law and Order”: como en las películas gringas, el debate público se desplaza a los estrados judiciales. En lugar de dar la pelea con razones y ante la opinión pública, los políticos, las actrices y demás famosos contratan a abogados de corbata satinada para que den la pelea por ellos, mientras esquivan la polémica de fondo. Para la muestra el botón de la audiencia del lunes, en la que Ernesto Samper se fue apenas dio su testimonio, sin dar chance para un careo con López.

Pero los opinadores también han contribuido al síntoma. Como lo criticó Camilo Sánchez en atinada columna, eso fue lo que hizo el valeroso Daniel Coronell al decidir denunciar a Uribe por calumnia e injuria, a propósito del rifirrafe reciente entre los dos por Twitter.

En un mundo donde la opinión se mueve a la velocidad con la que escriben 140 caracteres, arreglar estos líos a punta de carcelazos es anacrónico y contraproducente. Lo complicado es cómo manejar situaciones de abuso abierto del derecho a opinar (que no es el caso de Claudia) sin generar el síndrome López.

¿Con multas? ¿A través de la autorregulación de los medios? Se oyen propuestas, porque lo que es claro es que los abogados penalistas no son los más indicados para solucionar este lío.

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