| Por: César Rodríguez Garavitonoviembre 17, 2008

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El traquetismo de las pirámides

¿CÓMO DIABLOS NOS METIMOS EN EL lío de las pirámides? Aunque muchos cayeron por pura ingenuidad o necesidad, se me hace que el caso más común es el de la “avionada” colombiana de querer hacer plata facilito y rapidito. Así lo ordena el viejo consejo de las abuelas paisas:

¿CÓMO DIABLOS NOS METIMOS EN EL lío de las pirámides? Aunque muchos cayeron por pura ingenuidad o necesidad, se me hace que el caso más común es el de la “avionada” colombiana de querer hacer plata facilito y rapidito. Así lo ordena el viejo consejo de las abuelas paisas:
-Vaya, mijo, y haga plata honestamente. Si no puede, pues vaya y haga plata.

Es el imperativo moral del “vivo” colombiano, el Undécimo Mandamiento: no dejarse tumbar por la manada de vivos que nos rodea, y tumbar a quienes no hagan lo mismo, por pendejos.

El consejo madura en la adultez para convertirse en el traquetico o el vivo que todos llevamos adentro. El de los señores “divinamente” vestidos que se cuelan en las filas del cine dominguero en los centros comerciales. El mismo demonio interior de los estudiantes o empleados que “fusilan” un trabajo de internet y después preguntan que acaso eso qué tenía de malo.

Las pirámides que estamos viendo caer, entonces, son sólo la punta de una pirámide social gigantesca que sigue incólume: la del traquetismo y la cultura de la viveza. Y si algo muestra la magnitud del fenómeno y la tragedia de los que perdieron sus ahorros, es que esa cultura nos involucra a todos. Los primeros, claro, son los autores del desfalco. Pero estafadores hay en todo lado. Lo que no hay son tantos padres de familia, empresarios, políticos, fundaciones y hasta policías que crean en el milagro de la multiplicación de los pesos.

Pero el traquetismo no es sólo un asunto social. Florece sólo si encuentra un Estado que actúe —o, mejor aún, deje de actuar— para facilitarlo. Eso es exactamente lo que pasó. Porque millones de “inversionistas” populares se lanzaron a hipotecar sus casas o pignorar sus carros razonando, con justificada lógica: “Si fuera una estafa, ya lo habrían prohibido, o habrían metido a alguien a la cárcel, o habrían hecho algo”.

Pues no hicieron nada. Ya muchos han mostrado que el Gobierno, los alcaldes y la Fiscalía se quedaron de brazos cruzados. Lo que no se ha dicho es que, aquí también, estamos viendo sólo la punta de una pirámide más grande: la del Estado del traquetismo, el que no regula y que después sale a improvisar ante la tragedia anunciada.

Para la muestra está la Superintendencia Financiera. Ahora sólo se habla de la salida del último superindentente. Pero nadie recuerda que la entidad comenzó a desfigurarse cuando se fue el superintendente anterior —Augusto Acosta, el prestigioso experto que modernizó la Bolsa de Valores—. Según lo reportaron varios medios, su renuncia tuvo que ver con la misma razón por la que se han ido otros funcionarios competentes en el Gobierno Uribe: porque parecía demasiado independiente y se atrevía a desmarcarse de la Presidencia. Así también salió el ex Director del DANE, que se negó a guardar cifras inconvenientes. Por eso es que las superintendencias, que deberían ser órganos de supervisión técnicos e independientes, se han convertido en apéndices dóciles e ineficaces. Basta ver lo que es hoy la Superintendencia de Salud.

Pero el Estado del traquetismo no estaría completo si no improvisara, si no creyera en los milagros de última hora. Por eso el Gobierno resucita la vieja práctica de la legislación de emergencia que la Constitución de 1991 intentó limitar.

Así que todo indica que la verdadera pirámide —la del traquetismo social y estatal— estará en pie mucho después de que pase el escándalo. Y, seguramente, volverá a edificar otras pirámides financieras —con otras siglas, con otros esquemas— cuando pase la resaca.

César Rodríguez Garavito
cerogara@gmail.com
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