El Vietnam de Obama

Por: Mauricio García Villegasseptiembre 25, 2009

EL GENERAL DEL EJÉRCITO DE LOS Estados Unidos Stanley McChrystal envió la semana pasada un informe al presidente Obama en el que concluye que la situación en Afganistán se deteriora día a día, que la insurgencia crece, que la población desconfía cada vez más de las tropas y que, peor aún, si no se aumenta el número de soldados —hoy son cien mil—, la guerra está perdida.


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EL GENERAL DEL EJÉRCITO DE LOS Estados Unidos Stanley McChrystal envió la semana pasada un informe al presidente Obama en el que concluye que la situación en Afganistán se deteriora día a día, que la insurgencia crece, que la población desconfía cada vez más de las tropas y que, peor aún, si no se aumenta el número de soldados —hoy son cien mil—, la guerra está perdida.

El informe de McChrystal confirma lo que ya se sabía: que los talibanes, que son los fundamentalistas religiosos más fanáticos del mundo actual, son como la Hidra de Lerna: se fortalecen a medida que los atacan. El uso de la fuerza extranjera contra ellos no hace sino reforzar, en sus mentes bravías, la convicción de que luchan por una guerra santa y de que Dios está de su lado.

En 2003 controlaban 30 de los 364 municipios (distritos) del país. Hoy controlan casi 200. Entre octubre de 2008 y abril de 2009 los ataques talibanes se incrementaron en un 60% y en agosto de este año los rebeldes abrieron nuevos frentes en el norte y occidente del país. Según el almirante Mike Mullen, la insurgencia talibana es cada día más eficiente y sofisticada. Como si eso fuera poco, el presidente afgano, Hamid Karzai, encabeza uno de los gobiernos más corruptos del mundo (el quinto más corrupto, según Transparencia Internacional).

Así pues, además de estar aliado con un gobierno repugnante, Obama parece no tener cómo ganar la guerra. Como si eso fuera poco, en medio de la profunda crisis económica que vive hoy el mundo, la guerra en Afganistán les cuesta a los Estados Unidos la bicoca de cuatro mil millones de dólares mensuales.

Por todo lo anterior, muchos analistas políticos dicen que Afganistán es hoy el Vietnam de Obama.

¿Cómo es posible que el país más poderoso del mundo se vea involucrado en otra guerra perdida? Uno podría entender que eso le pase a Bush, un presidente enajenado por la incapacidad mental y la ceguera religiosa. Pero a Obama, un gobernante inteligente, dispuesto a oír y acompañado por un equipo preparado y conocedor, ¿cómo es posible que le esté pasando lo mismo?

La respuesta parece estar en lo difícil que es para un país —a las personas les pasa lo mismo— aceptar ser menos de lo que se fue en el pasado. Para los estadounidenses es muy difícil liberarse de las glorias militares que los convirtieron en algo así como los salvadores del mundo, a mediados del siglo XX. Los Estados Unidos ya no tienen el poder ni la capacidad para imponer un orden mundial, pero las mentes de los ciudadanos y las de sus gobernantes siguen enquistadas en esas glorias pasadas. “El orgullo más feroz nace de la impotencia”, decía Paul Valéry y eso es justamente lo que le pasa al pueblo de los Estados Unidos.

En síntesis, dos cosas me impresionan en esta guerra que parece perdida. En primer lugar, la capacidad del patriotismo cerrero para obnubilar la inteligencia de los gobiernos, incluso la de uno pragmático y competente como el de Obama. Segundo, que un pueblo como el estadounidense, profundamente religioso e incluso respetuoso de la dignidad humana, al menos dentro de sus fronteras, prefiera gastar millones de dólares en una guerra perdida, al otro lado del mundo, en lugar de hacer una reforma al sistema de salud que les permita a cuarenta millones de personas ir a los hospitales sin tener que mendigar para que los atiendan.

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