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El voto, el miedo y la esperanza

César Rodríguez Garavito
mayo 31, 2010

Publicado en: El Espectador

“LA GENTE RESPONDE MÁS AL MIEdo que al amor”, dijo Richard Nixon hace tiempo, al explicar por qué sus campañas políticas buscaban sembrar dudas y temores en los electores.

 

“LA GENTE RESPONDE MÁS AL MIEdo que al amor”, dijo Richard Nixon hace tiempo, al explicar por qué sus campañas políticas buscaban sembrar dudas y temores en los electores.

Nixon sabía lo que decía. Al fin y al cabo, pasó a la historia como el padre del juego sucio, en el que andaba cuando lo cogieron con las manos en la masa espiando a sus rivales en el hotel Watergate.

Los gurúes de la estrategia política y la propaganda negra tienen clarísima la lección de Nixon: si no puedes convencer a tus votantes, asústalos. Por eso el miedo se coló en las elecciones presidenciales colombianas: el susto al “salto al vacío” que pregonan los jinetes del apocalipsis, esas fichas del Gobierno que pasan por columnistas independientes.

Los sorprendentes resultados de las elecciones del domingo ya han sido comentados por los analistas electorales de profesión. Que los primivotantes no salieron el domingo, explican. Que los verdes cometieron errores costosos, añaden. Y recuerdan que las maquinarias de la U están bien aceitadas, que el país sigue derechizado y que la popularidad de Uribe es más endosable de lo que se pensaba.

Tienen razón los comentaristas, pero creo que su explicación es incompleta. Yo, que no me dedico al análisis electoral sino al social, lanzo una hipótesis adicional: la estrategia del miedo funcionó en la primera vuelta. En las últimas semanas, mucha gente que iba a votar por Mockus simplemente se aculilló y cambió su candidato; o recordó el consejo popular de “ante la duda, abstente” y no salió a votar.

¿Miedo a qué? A los cocos que siguen eligiendo presidentes en Colombia. Pavor a las Farc, cuyo efecto perverso se cuenta no sólo en muertes y secuestros, sino en la perpetuación de una clase política corrupta. Recelo frente a Chávez, quien en su otoño patriarcal precisa colegas beligerantes en el vecindario que le ayuden a justificar su existencia. Recelo frente a lo desconocido, así sea absurdo, como los cuentos de horror sobre la pederastia o el ateísmo de los verdes.

El problema es que el temor es un pésimo consejero en la toma de decisiones, como lo han mostrado los psicólogos y los economistas. Por ejemplo, el trabajo clásico de Daniel Kahneman, que le valió el Nobel de Economía en 2002, muestra que los seres humanos tomamos opciones irracionales por miedo a perder algo y que nos importa mucho más no experimentar una pérdida que lograr una ganancia. Puesto en cristiano, la sabiduría popular ya lo había dicho: más vale malo conocido que bueno por conocer.

Los políticos tradicionales y sus estrategas saben esto muy bien. Por eso el miedo es la carta que se juegan en lances difíciles. Basta recordar cómo Bush logró la reelección de su lamentable gobierno asustando a los estadounidenses con la guerra de Irak. De hecho, la cultura política norteamericana está dominada por el temor, como lo ha mostrado el sociólogo Barry Glassner en un conocido libro, La cultura del miedo: por qué los estadounidenses les temen a las cosas equivocadas. La respuesta de Glassner a la pregunta del título es contundente: “porque aquellos que activan nuestras inseguridades morales, ganan con ello poder y riquezas inmensos”.

Los mercenarios de la angustia, los estrategas de la propaganda negra criolla, conocen todo esto de primera mano y son expertos en el arte de oprimir los botones del temor. Por eso, el miedo es una de las emociones decisivas en estas elecciones. También por eso la otra emoción clave es su único antídoto conocido: la esperanza. En últimas, las cifras de la segunda vuelta dependerán, al menos en parte, de si los indecisos votan asustados o esperanzados.

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