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Elogio de la duda

Mauricio García Villegas
diciembre 12, 2008

Publicado en: El Espectador

VIVIMOS EN UN MUNDO EN EL QUE sabemos muy poco de mucho. No sólo me refiero a las grandes preguntas de la vida: ¿de dónde venimos?, ¿hacia dónde vamos?, ¿hasta dónde va el universo?, ¿quiénes lo habitan? Me refiero, sobre todo, a lo poco que sabemos del mundo actual, de las sociedades a las que pertenecemos, de los problemas que tenemos y de las soluciones que necesitamos.

 

VIVIMOS EN UN MUNDO EN EL QUE sabemos muy poco de mucho. No sólo me refiero a las grandes preguntas de la vida: ¿de dónde venimos?, ¿hacia dónde vamos?, ¿hasta dónde va el universo?, ¿quiénes lo habitan? Me refiero, sobre todo, a lo poco que sabemos del mundo actual, de las sociedades a las que pertenecemos, de los problemas que tenemos y de las soluciones que necesitamos.

A pesar de saber tan poco de tanto —¿o precisamente por ello?— vivimos en un ambiente mediático y social que no duda de casi nada. Y no duda porque simplemente no se hace las preguntas que no tienen respuesta, o porque no falta quien se invente esas respuestas. Así, nuestras vidas se debaten entre el presente perfecto que nos ofrece la sociedad de consumo y el futuro simple que nos prometen predicadores de toda índole.

En ambos casos el nuestro es un mundo hecho a la imagen de la televisión, y sobre todo de la publicidad; un mundo en donde todo es asertivo y contundente: los jabones purifican nuestro cuerpo, los automóviles nos llevan a territorios sin límites, los bancos nos hacen ricos y la cerveza nos convierte en héroes. En la televisión, lo real y lo fantástico se confunden. Como diría Baudrillard, entre las calles de Los Ángeles y Disneylandia ya no sabemos muy bien dónde está lo real y dónde lo imaginario.

Pero el mundo ilusorio y categórico de la televisión no se queda en casa. Los primeros en reproducirlo son los políticos, para quienes la paz, la justicia social, la prosperidad, todo está al alcance de la mano o, a lo sumo, a la vuelta de la esquina. En sus propuestas no hay margen de duda. Todo es bueno, claro y seguro; tanto como sus opositores son malvados y sólo auguran desgracias.

Pero nadie es tan efectivo en este mercado de promesas y verdades como las iglesias. La fe es el antídoto contra la duda. Mientras el mercado, la televisión y los políticos nos resuelven las incertidumbres terrenales, los sacerdotes nos solucionan las dudas trascendentales, las de largo plazo. Por eso, no es extraño que la religión haga parte de la oferta política actual de confort y seguridad. Los políticos compensan el déficit de certeza y seguridad de sus propuestas con el superavit de evidencias que proporciona la religión. Así todo queda claro y resuelto.

Esta manera artificiosa de enfrentar nuestras dudas nos está llevando a la catástrofe. Y no me refiero solamente al renacimiento de las guerras de religión en el mundo —algo que creíamos terminado hace cinco siglos— sino, sobre todo, al deterioro del debate político y del sistema democrático. Si dudáramos más, si tuviéramos más conciencia de que sólo dependemos de nosotros mismos y no de dioses amañados y de ideologías redentoras, si tuviéramos la humildad —algo que las religiones predican pero no practican— de aceptar nuestra condición humana, probablemente estaríamos más dispuestos a no dudar de lo único que deberíamos tener perfectamente claro; esto es, de aquellos principios básicos de dignidad, libertad, respeto e igualdad social que fundan cualquier sociedad democrática.

“La duda es desagradable, pero la certeza es ridícula”, decía Voltaire. No sólo es ridícula, creo yo, también es irresponsable, perezosa y dañina; en todo caso, lo es cuando de construir ciudadanía y democracia se trata.

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