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Shouldn’t the struggle for greater equality be one of the main issues in the electoral debate given that Colombia is one of the most unequal countries in the world?

Shouldn’t the struggle for greater equality be one of the main issues in the electoral debate given that Colombia is one of the most unequal countries in the world?

I was fortunate to attend a talk this week by Richard Wilkinson, who is the author, along with Kate Pickett, of a remarkable book that has significantly influenced me and that I recommended in a column four years ago. His work was a best-seller in England, but it is not well known in Latin America or Colombia and is called The Spirit Level. The title, I imagine, is in memory of the Levellers of the 17th century, who were the radical and equalitarian wing of the English Civil War, which claimed, as early as 1647 and long before Rousseau, popular sovereignty and equality.

 

 

El planteamiento de Wilkinson y Pikett merece ser retomado, pues es relevante para los países latinoamericanos, caracterizados casi todos por una altísima desigualdad económica.

Estos autores muestran, con una información empírica muy sólida, que los países desarrollados que tienen mayor igualdad tienen mejores resultados en casi todos los campos que los países desarrollados más desiguales.

En estos países igualitarios, como Japón, Suecia o Noruega, las personas gozan de mayor esperanza de vida y mejor salud física y mental y, en general, se sienten más satisfechos con su vida, o sea, son más felices, que quienes viven en países más desiguales, como Estados Unidos, Singapur o Inglaterra. Además, las sociedades más igualitarias son más seguras, con tasas de homicidio más bajas y mucha mayor confianza interpersonal. Asimismo, en esas sociedades hay menos personas presas y mucha mayor movilidad social, esto es, el futuro de una persona no está determinado por la riqueza de sus padres, sino que depende mucho más de sus propios esfuerzos. Pero eso no es todo: estos mejores resultados favorecen sobre todo a los más pobres de las sociedades igualitarias, pero, incluso, los más ricos se benefician. Los ricos en Suecia viven entonces mejor que los millonarios ingleses.

Estas conclusiones de Wilkinson y Pikett se basan en una información estadística rigurosa, que se encuentra disponible en la página web de la fundación que estos autores crearon (equalitytrust.org.uk), por lo cual los lectores podrán analizarla directamente. Sólo doy algunos ejemplos: Estados Unidos, el país desarrollado más desigual, tiene tasas de homicidio, de encarcelamiento, de adicciones, de obesidad o de enfermedad mental mucho mayores que países más igualitarios como Japón, Bélgica o Alemania. Y en Estados Unidos la movilidad social es mucho más baja que en Alemania o los países nórdicos, que son mas igualitarios, lo cual muestra que el llamado “sueño americano”, de que cualquiera puede llegar a ser exitoso con su propio esfuerzo, tiene ahora mayores probabilidades de lograrse en Europa.

Estos análisis se refieren esencialmente a países desarrollados, por lo cual algunos podrían pensar que es una discusión de ricos que no es relevante en América Latina. Pero eso no es así, pues la tesis de estos autores es la siguiente: superado un cierto nivel del PIB per cápita, que casi todos los países de nuestra región ya superaron, los mejores o peores resultados sociales dependen esencialmente del nivel de desigualdad.

En ese contexto, ¿no debería ser la lucha por una mayor igualdad uno de los temas esenciales de nuestro debate electoral teniendo en cuenta que Colombia es uno de los países más desiguales del mundo?

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