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It is so problematic and telling that Uribe decides, once again, not to follow the rules of the game. He accuses a journalist of “slandering” him through social networks, but not before the judges, as the journalist did and as he should if his argument had a basis.

It is so problematic and telling that Uribe decides, once again, not to follow the rules of the game. He accuses a journalist of “slandering” him through social networks, but not before the judges, as the journalist did and as he should if his argument had a basis.

The most unfortunate thing about the regrettable half-hearted retraction of Senator Uribe is the last word in the text: “enemy.” This is how he refers to Daniel Coronell, whom he denies is a journalist and describes as a “professional slanderer, who declares himself my enemy”.

 

El texto me hizo acordar de otro de Michael Ignatieff, el pensador y político canadiense. “Los políticos deben respetar la diferencia entre enemigo y adversario —escribió Ignatieff—. Un adversario es alguien a quien se quiere vencer. Un enemigo es alguien a quien hay que destruir”.

Ante el triste espectáculo de la guerra entre republicanos y demócratas en el Congreso de EE. UU., Ignatieff advertía que “estamos presenciando lo que pasa cuando la política de los enemigos reemplaza a la política de los adversarios”. Lo que pasa es que la democracia corre peligro, porque ella es imposible si los sectores opuestos no se reconocen mutuamente como competidores legítimos.

Es el peligro que cristalizaron Trump y otros líderes populistas de derecha e izquierda, desde Maduro hasta Erdogan, desde Putin hasta Orban, desde Duterte hasta Ortega. Es el riesgo que estamos corriendo con la polarización creciente de las elecciones colombianas, la violencia discursiva por las redes sociales y los inaceptables episodios de violencia contra candidatos de distintas tendencias, incluyendo Uribe.

Los resultados están a la vista en Venezuela, donde Maduro suele referirse a los miembros de la oposición como “enemigos de la patria”. El riesgo real de parecernos a Venezuela no consiste en la improbable importación de sus desastrosas medidas económicas. Consiste en que sectores de ambos extremos políticos, incluyendo la derecha que atiza el fantasma de Venezuela, están usando lenguaje y prácticas polarizadoras que dividen a la ciudadanía en bandos irreconciliables.

El problema es que “entre enemigos, no es posible tener confianza”, como dijo Ignatieff. Los enemigos “no siguen las reglas y, cuando ganan, intentan reescribirlas para no volver a ser derrotados jamás”, como lo hizo Maduro con su Constituyente y sus reglas electorales de bolsillo.

Por eso es tan problemático y diciente que Uribe decida, una vez más, no seguir las reglas de juego. Acusa de “calumniador” a un periodista ante las barras bravas de las redes sociales, pero no ante los jueces, como sí lo hizo el periodista y como él debería hacerlo si su señalamiento tuviera asidero. Responde con un nuevo ataque porque sabe que desobedecer a medias un fallo que lo obliga a rectificar le granjea más votos de una base electoral que aprecia más a un líder fuerte que unas instituciones robustas.

El desprecio por las reglas nos lleva a un terreno muy delicado, donde la política se concibe como una guerra. De ahí las metáforas belicosas que estamos escuchando en las campañas. Los términos de la extinta guerra de las armas — atentado, ataque, terrorismo, cerrar filas— se reciclan ahora para hablar de la guerra política.

Pero “la política no es la guerra, sino la única alternativa confiable frente a ella”, como sentenció Ignatieff. Que nos lo digan a tantos colombianos, que sabemos lo que es la guerra. Y que el domingo votaremos para que no haya otra.

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