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Last Tuesday, the Third Specialized Judge of Bogota was ready to read the condemnatory sentence against Colonel Plazas …

Last Tuesday, the Third Specialized Judge of Bogota was ready to read the condemnatory sentence against Colonel Plazas …

EL MARTES PASADO, LA JUEZ TERCEra Especializada de Bogotá estaba lista para leer la sentencia condenatoria contra el coronel Plazas Vega, acusado de haber desaparecido a personas durante la retoma del Palacio de Justicia en 1985, cuando se dio cuenta de que la parte final de su decisión estaba en blanco. El texto tuvo entonces que ser reconstruido y la condena aplazada hasta el día siguiente.

Cuando leí la noticia me acordé de una virgen quiteña especializada en borrar la parte resolutiva de las sentencias de los presos. Se le conoce como La Virgen de la Borradora, y es famosa en el Ecuador y en el sur de Colombia desde el siglo XVII, cuando, según se dice, un indio acusado injustamente de haber cometido un homicidio en la ciudad de Quito le pidió a la Virgen María que hiciera desaparecer la frase final de la sentencia en la que iba a ser condenado. Y así fue; al día siguiente, cuando todo estaba listo para leer el fallo, el juez vio cómo la parte final de su decisión había desaparecido. Tuvo entonces que ordenar la devolución del preso a su celda y rehacer la parte borrada. Al día siguiente sucedió lo mismo, y varias veces más, hasta que la justicia lo declaró inocente y lo liberó.

Me dice un amigo pastuso que hoy en día la Virgen de la Borradora no sólo tiene devotos entre los presos, sino también entre todo aquel que necesita borrar algo, o borrar a alguien: la imagen del amante del cerebro de la esposa, el amante mismo, la deuda en la letra de cambio, la respuesta equivocada en el examen, etc.

El coronel Plazas Vega no contó con la misma suerte que tuvo el preso quiteño hace cuatro siglos, y este miércoles fue condenado a 30 años de cárcel. Ambos casos son, pues, bien distintos: mientras en el ecuatoriano desaparecen unas palabras injustas para salvar a un condenado inocente, en el colombiano lo que desaparece es un grupo de personas inocentes. En el primero, la desaparición es un triunfo; en el segundo es una atrocidad. Peor aún, lo primero es una leyenda, lo segundo es una cruda realidad.

Es esa realidad la que el país debe enfrentar con la sentencia de la Juez Tercera. Según la Fiscalía, en Colombia hay 50 mil desaparecidos en los últimos 20 años; más de los que hubo en el Cono Sur. No se trata, pues, de un asunto aislado, sino de uno de los rasgos más bárbaros de nuestra realidad nacional.

Casi todas las sociedades tienen o han tenido enemigos. Por lo general, esos enemigos son sus propios vecinos, contra los cuales han luchado, no sólo para aplacar la ira, sino para crear una identidad propia. Nosotros, en cambio, no hemos tenido que pelear con nuestros vecinos, porque el adversario lo tenemos dentro. “Cada colombiano es un país enemigo”, decía Simón Bolívar. Toda nuestra iracundia, nuestra pulsión de guerra, la destinamos a pelear contra nosotros mismos. Por eso aquí no se mata, se remata y se contramata, como dice María Victoria Uribe en un libro extraordinario, sino que se desaparece. No contentos con tener al enemigo muerto, en un acto de ira casi celestial, se le borra de la faz de la Tierra, como si nunca hubiese existido.

Ojalá que esta sentencia nos ayude a remediar esa historia macabra. Aquí no sólo tenemos que dejar de desaparecer a las personas, sino también dejar de desaparecer la historia de las personas que han sido desaparecidas. Mejor dicho, aquí, más que borradores, necesitamos pastillas para la memoria.

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