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If there was an index to measure the rage of countries, Colombia would rank among the first. Today, we see a closer manifestation of the Colombian rage in the electoral debate, which is full of insults.

If there was an index to measure the rage of countries, Colombia would rank among the first. Today, we see a closer manifestation of the Colombian rage in the electoral debate, which is full of insults.

Societies, like people, can be kind or angry. If there was an index to measure the rage of countries, Colombia would rank among the first. This measure has not been invented, but there are indicators that account for it. One of them is the high figures of violence (intrafamiliar, intravecinal, interpersonal) that we have in Colombia. Another indicator is the high levels of distrust, related to feelings of envy, irritation and hatred. According to the World Values Survey, only 5% of Colombians believe that, in general terms, they can trust their fellow nationals and 32% do not trust their neighbors.

 

 

Una expresión más cercana de la rabia colombiana la vemos hoy en el debate electoral, lleno de insultos e improperios. Desde que se empezó a negociar con las Farc en La Habana, la rabia se ha apoderado de las conversaciones políticas, como si la paz hubiese liberado a los demonios agazapados en el corazón de los colombianos. Hay menos guerra, sin duda, pero las manifestaciones de odio son tales, sobre todo entre quienes antes lideraban la guerra, que pareciera que muchos echan de menos la situación anterior en donde se disparaba más y se hablaba menos.

Las sociedades, como las personas, también pueden ser inteligentes o torpes en la manera como lidian con sus problemas. En el tema de la rabia, por ejemplo, es evidente que no hemos sido capaces de encontrar una solución inteligente. A lo largo de su historia, Colombia ha vivido enfrascada en un círculo vicioso que va del odio a la guerra, de la guerra a los acuerdos de paz sin consenso, de la paz incompleta al recrudecimiento del odio y de nuevo a la guerra. Esa historia ha ocurrido muchas veces y en la actualidad hay indicios muy preocupantes de que se pueda volver a repetir. La guerra civil de mediados del siglo pasado fue como una bola de fuego de odios alimentada con el lenguaje incendiario de los radicales. Si eso volviera a ocurrir, retornaríamos a épocas terribles de muerte y dolor, y los que más saldrían perdiendo serían los niños y los jóvenes de hoy que tendrían que padecer este viejo país energúmeno por muchos años más. ¿Habrá algo más torpe que eso?

Por eso es que las elecciones de mañana (y del mes de mayo) son tan importantes. Porque representan algo así como una bifurcación en el camino, que nos pone a elegir entre el rumbo pantanoso de la confrontación o el rumbo prometedor del consenso. Son tan cruciales que deberíamos votar, no pensando en la clásica división del mundo político entre posiciones de izquierda y derecha, sino en una división más básica y más esencial, entre posiciones serenas y posiciones exaltadas. Optar por las primeras remediaría, en unos años, el problema de la rabia y, además, lo corregiría de la manera más inteligente, evitando el círculo vicioso de la violencia. Tal vez en otros momentos de la historia, cuando tengamos un país apaciguado, podremos tomar decisiones más radicales, que sin duda también se necesitan. Por ahora, en este momento de crispación, lo que debemos hacer, contra el rabiosos extremismo, es extremar la amable moderación; solo así lograremos quitarles a los sectarios actuales el poder que tienen de imponer el rumbo minado por el que transitamos.

En síntesis, las sociedades, como las personas, pueden ser amables o rabiosas. También pueden ser inteligentes o torpes. Pareciera como si en Colombia hubiésemos elegido lo peor de esas dos opciones: ser rabiosos y torpes a la vez. Son muchos males juntos. Pero en estas elecciones tenemos la oportunidad de empezar a cambiar el rumbo. Ojalá lo logremos.

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Foto: Fernando Muñoz / EFE

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