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It was thought that what was good for the GAFA was good for the world. It was believed that for the benefits of technology to reach everyone, it would be best to let companies self-regulate.

It was thought that what was good for the GAFA was good for the world. It was believed that for the benefits of technology to reach everyone, it would be best to let companies self-regulate.

In another column, I proposed that those interested in the future of democracy and rights look with magnifying glass at GAFA, as Google, Amazon, Facebook and Apple are known.

 

¿Cómo regular las grandes compañías de la era digital, cuyo oligopolio controla los datos personales y las plataformas virtuales hasta el punto de poner en riesgo la privacidad, la veracidad del debate público, y aun la idea del internet como espacio abierto y accesible para todos?

Se pensaba que lo que era bueno para la GAFA era bueno para el mundo. Para que los beneficios de la tecnología alcanzaran a todos, se creía, lo mejor sería dejar que las compañías se autorregularan.

Dos agujas perforaron el globo de la tecnoutopía. Una fue la elección de Trump, con la ayuda de noticias falsas y manipulación rusa. En medio del shock, tanto Facebook como el mundo se dieron cuenta de que la compañía se había convertido en una especie de foro público global, capaz de influir elecciones, pero desprovisto de cualquier control democrático. La otra aguja fue la rebelión de antiguos ingenieros de la GAFA contra invenciones cada vez más persistentes y sofisticadas que las empresas usan para fomentar la adicción de sus usuarios.

Como lo han mostrado los ingenieros agrupados en el Centro para las Tecnologías Humanas, las compañías digitales explotan nuestras necesidades más profundas para mantenernos pegados a la pantalla, porque sus ingresos por publicidad y su valoración en bolsa dependen de la cantidad de usuarios y el número de horas que cada uno pase en el dispositivo o en la plataforma.

Como respondemos a estímulos cromáticos, las pantallas de los celulares parecen rocolas que nos invitan a desenfundarlas un promedio de 150 veces al día. Como anhelamos estatus social, Twitter nos recuerda instantáneamente cómo vamos en la competencia por retrinos. Como todos llevamos dentro un temeroso primate que se aferra a su tribu, prestamos más atención a las opiniones más iracundas y sectarias, lo que profundiza la polarización y el descontento. El adolescente contemporáneo no puede evitar volver una y otra vez a Snapchat o Facebook para darles “like” a sus contactos y mantenerse a flote socialmente, aunque lo que vea sean imágenes de sus amigos pasándola bien sin él.

Creo que este último flanco —el fomento de la adicción, especialmente de los niños y jóvenes— va a ser la puerta de entrada a la necesaria regulación de las compañías digitales. Así se hizo con otras industrias que parecían irregulables, desde la tabacalera hasta la de comida chatarra. Como pasó en esos sectores, la presión tendrá que venir de los consumidores, con el acompañamiento de voces peritas como las de los ingenieros que saben cómo funcionan esas tecnologías.

Sugiero un paso inmediato y personal: adoptar las medidas antiadicción que proponen los expertos, como ajustar las pantallas de los celulares Android o Apple para verlas en blanco y negro (lo que no impide regresar al color con un par de clics). Inténtelo un día y verá cómo la rocola adictiva que llevaba en el bolsillo se convierte en lo que debe ser: una herramienta bajo su control.

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