César Rodríguez Garavito

Taking religion seriously

The results of the plebiscite to approve the Peace Agreement showed us that it is time to take religion seriously and to dispute the right’s political predominance in spiritual matters.

Religion is not a comfortable subject in spaces like this newspaper, whose readers and columnists tend to be more urban, liberal and agnostic or atheists than the national average. Nor is it for presidential candidates who defend those positions and who will have to compete with parties such as the Centro Democrático, which has cultivated hundreds of thousands of faithful voters between Christian sectors and conservative Catholics.

 

Desde el día en que esos sectores pusieron votos decisivos contra el acuerdo de paz en el plebiscito, estoy convencido de que el futuro del liberalismo igualitario, el de la Constitución del 91, depende de tomar en serio la religión y disputarle a la derecha su predominio político en asuntos espirituales. Así lo sugiere también la reciente encuesta del Centro Nacional de Consultoría (CNC): el 85 % de los colombianos afirman que la religión es importante en sus vidas, y el apoyo al proceso de paz varía según creencias (49% de los ateos la respaldan, mientras que 37% de los católicos y 29% de los cristianos lo hacen).

Hay argumentos a favor de tomar la religión en serio que deberían atraer a los liberales igualitarios. Uno es que muchas de las ideas y los líderes que inspiran al progresismo vienen de espiritualidades ídem, desde Gandhi hasta Martin Luther King, desde la solidaridad global del Dalai Lama hasta el ambientalismo de San Francisco de Asís, desde los cuáqueros ingleses que abolieron la esclavitud hasta los teólogos de la liberación latinoamericanos.

Otra razón es que las iglesias son bastante más diversas de lo que pensarían los escépticos. En Colombia hay cerca de 8,2 millones de cristianos, según Cifras y Conceptos. Algunos se congregan en iglesias discriminatorias y politizadas, como la Misión Carismática, que se amalgamó con el Centro Democrático hasta el punto de servirle de sede para su convención reciente. Pero otras denominaciones cristianas están menos involucradas en la política y más cercanas a causas como la paz y los derechos de las minorías. La diversidad es aún mayor entre la mayoría católica, que comprende desde el progresismo de un Francisco de Roux hasta el conservatismo de un Alejandro Ordóñez.

La tercera razón es política. La misma diversidad entre los creyentes explica la simpatía de muchos por candidatos de centro o centroizquierda, incluso algunos que se han reconocido agnósticos o ateos. En el sondeo del CNC, los precandidatos favoritos entre los católicos son Sergio Fajardo y Gustavo Petro, y entre los cristianos puntúan bien Fajardo, Clara López y Juan Manuel Galán.

Pero las elecciones las deciden quienes salen a votar, no quienes responden encuestas. Y las iglesias conservadoras han sido más disciplinadas en las elecciones. Para entablar un diálogo político con los demás creyentes, los liberales harían —haríamos— bien en atender el consejo del historiador Daniel Williams a los demócratas de EE.UU, que tienen el mismo reto: ser honestos sobre la secularidad propia y resaltar que estamos en un Estado laico, pero sin ser condescendientes frente a quienes practican su fe; y estar dispuestos a encontrar puntos comunes entre nuestras propuestas y los valores de espiritualidades diversas.

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