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Since Trump ascended to the seat of Lincoln, political personalism has taken over the most powerful nation in the world.  Now with the selection of the ultraconservative Neil Gorsuch as nominee to the Supreme Court, the politicization of justice is sha…

Since Trump ascended to the seat of Lincoln, political personalism has taken over the most powerful nation in the world.  Now with the selection of the ultraconservative Neil Gorsuch as nominee to the Supreme Court, the politicization of justice is sha…

Since Trump ascended to the seat of Lincoln, political personalism has taken over the most powerful nation in the world.  Now with the selection of the ultraconservative Neil Gorsuch as nominee to the Supreme Court, the politicization of justice is sharpened, and so is the scrutiny of the system to designate judges to the high courts.

Read the full English version in our Global Rights Blog.

 

“Millones de votantes se lo habían pedido” atinó a decir el presidente Trump al apuntar a Neil Gorsuch como su candidato para suceder al difunto juez Scalia en la Corte Suprema de Estados Unidos. Al fin y al cabo Gorsuch, como en su momento Scalia, representa la tendencia más conservadora de la justicia estadounidense con el que Trump identifica a sus votantes. Así les hace un guiño de que sus intereses estarán salvaguardados en temas tan trascendentales como el desmonte del Obamacare o el debilitamiento de los derechos LGBTI. Todo esto con su apego al originalismo que pregonaba Scalia, la idea de que la Constitución americana debe interpretarse a la manera en que lo hacían los padres de la patria y no como un texto viviente que evoluciona con el pasar del tiempo.

Amy Davidson de New Yorker puso en evidencia al candidato Gorsuch trayendo a colación una experiencia pasada como juez que se alinea muy bien con los intereses del neoconservadurismo de ese país: “En el caso Hobby Lobby, Gorsuch hacia parte del panel de apelantes que decidió a favor de los demandantes, los dueños de una cadena de tiendas que habían dicho que tenían la objeción moral de proveer un seguro médico que cubriera los anticonceptivos, una decisión que parcialmente redujo el Affordable Care Act, y otra cantidad de leyes futuras, en nombre de la libertad de religión”.

Es ese apego a la tradición el que Trump reivindica y con el nombramiento de Gorsuch da un golpe a la opinión pública, y de paso al institucionalismo estadounidense, de que un nuevo paradigma político que se impone desde la casa blanca empezará a desbalancear la rama judical del poder público, sumándose a las mayorías que ostenta en el legislativo. El candidato Gorsuch de ser elegido por el congreso cambiaría la composición de la Corte, sumando al bloque más tradicionalista un miembro y provocando un viraje más marcado sobre las tendencias más liberales. Además con 49 años Gorsuch podrá durar décadas en la Corte Suprema, dado el carácter vitalicio del cargo, manteniendo el legado de millones de votantes de Trump.

En un país fuertemente atado a sus instituciones este no es un golpe menor y muestra el empeño de la nueva administración y, en general del nuevas tendencias del populismo en el mundo, de politizar las instancias judiciales, minando su independencia con argumentos mayoritarios en detrimento de la garantía de los derechos. Este fenómeno ha sido comprendido por la profesora Mary Volcansek  como uno donde “progresivamente más actividades políticas por fuera del campo judicial asumen cualidades judiciales”. En el caso de un personalismo político atizado como el que pregona Trump al margen del tradicional bipartidismo, este fenómeno se acentúa.

Esto no impensable en el sistema estadounidense, pues la designación y elección de jueces de la Corte Suprema de los Estados Unidos, como en muchos otros países, suele estar impregnada por marcadas transacciones políticas. En todos los casos es necesario ser candidatizado por el presidente y elegido por el legislativo, arenas tradicionalmente políticas, que hacen que las personas que llegan a ese alto cargo judicial tengan usualmente una filiación ideológica y muchas veces partidista con las instancias de poder. En esa ecuación, el personalismo o caudillismo con tintes fuertemente autoritarios pone en extrema tensión este sistema de elección además de sus fundamentos democráticos. Al sobre-politizar las cortes, se deslegitima su labor y la fe que la gente tiene en ellas. Veamos algunos ejemplos recientes.

La cooptación de las esferas judiciales ha ido creciendo en la medida en que el ejecutivo en cabeza de un líder carismático irrumpe en el escenario político. Así procedieron en el hemisferio algunos presidentes como Chávez, Correa, Evo y Uribe, en su momento, así como Erdogan lo ha venido haciendo en Turquía. Estas tomas al día de hoy han tenido consecuencias nefastas para el equilibrio de poderes en los países que gobiernan o gobernaron. Al igual que Trump, ellos gozaron o han gozado de mayorías parlamentarias y, a partir de ese poder desbalanceado, han logrado permear las instituciones judiciales.

Aunque esta permebealización tiene muchas aristas, que van desde el modelo constitucional del país hasta las formas de elección de los magistrados de altas cortes y otros jueces, pasando por los términos que se le conceden a su mandato entre otros (Recomiendo esta entrada de Luis Pásara y Marco Feoli sobre la independencia judicial en América Latina en DPLFBlog), lo cierto es que el personalismo ha trastocado de manera más abrupta la dependencia de los jueces frente a las otras ramas del poder público. Para Mauricio García Villegas, trayendo a colación al reconocido politólogo Guillermo O´Donnell, “este es un rasgo típico de la democracia delegativa; solo las mayorías, en su unión simbólica con el líder, cuentan. Todos los aspectos institucionales- Estado de derecho, equilibrio, constitucionalidad, accountability, etc.- se desplazan a un segundo lugar o se eliminan”.

En países con personalismos muy marcados, a través de elecciones cada vez más políticas de los miembros de las altas cortes, se ha terminado por desdibujar la función de contrapoder  de la justicia en momentos de excesos políticos. En Colombia, como estudió Dejusticia en “Mayorías Sin Democracia” (p. 276), durante el gobierno Uribe fue cooptada poco a poco la Sala Disciplinaria del Consejo Superior de la Judicatura, que entre otros disciplina a los jueces y que en su momento se esperaba resolviera los amparos interpuestos por políticos afines al paramilitarismo. Esto lo logró a través de nombramientos partidistas, aprovechándose de los amplios poderes de nominación que le había dado su reciente reelección presidencial.

En casos más extremos se ha evidenciado como la elección de jueces termina siendo determinante para la cooptación total de la rama judicial. Así lo ha demostrado Venezuela que durante la era Chávez logró realizar un cambio en la composición del Tribunal Supremo en 2004. En ese momento casi duplicó el número de asientos en esta corte para que después fueran elegidos todos por sus mayorías parlamentarias en nombre de la “eficacia de la justicia”, hoy ese mismo Tribunal se alinea perfectamente con el ejecutivo para deslegitimar las labores del legilsativo opositor ( y en medio los ciudadanos). En un punto más extremo está la Bolivia de Evo, que introdujo la elección popular “mixta” de jueces donde el legislativo hace un filtro inicial para que la ciudadanía escoja. Esta dinámica hizo que los magistrados terminaran rindiendo cuentas a sus partidos y, por tanto, se introdujeran de lleno en la arena política, con todas las implicaciones que ello tiene en términos de lealtades.

Volviendo al inicio. Ahora con la realidad de Trump en el poder y la continua emergencia de personalismos en el mundo los jueces están en peligro y con ellos nuestros derechos y libertades. Para los Estados Unidos no suena descabellado, pues al parecer Trump al escoger a Gorsuch espera una jugada a dos bandas. Que empieza no sólo por elegir a este jurista dentro del círculo tradicionalista, sino que espera que como este había trabajado con el octagenario juez Kennedy (centroderecha) éste se retire por sentir que puede dejar su legado en buenas manos. Así Trump nombraría un magistrado vitalicio más, y bueno, de ahí para allá seguirá el libreto. Por eso la necesidad de empezar a generar conciencia y veeduría ciudadana sobre los riesgos de la designación presidencial de jueces en un mundo populista, empezando por reivindicar esa vieja consigna de la independencia de los jueces.

 

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