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Enfrentar el terrorismo

Mauricio García Villegas
noviembre 21, 2015

Publicado en: El Espectador

Tres actitudes sociales me parecen particularmente odiosas: la intolerancia con quienes piensan distinto, la indiferencia frente a la injusticia social y el llamado a la guerra para resolver problemas de patrias o religiones. Por eso me siento cercano a tres corrientes de pensamiento: el liberalismo, la socialdemocracia y el pacifismo.

 

Somos millones los que pensamos de esta manera. Sin embargo, no siempre estamos de acuerdo en todo. Es el caso del debate actual sobre qué hacer frente a los ataques terroristas ocurridos la semana pasada en París.

Al respecto existen dos posturas. La primera sostiene que Occidente, con su política imperialista, sus invasiones en el Medio Oriente, su discriminación contra los árabes y su propia intolerancia religiosa, engendró el terrorismo islámico del cual hoy es víctima. Así las cosas, dicen estos, hay que suspender la guerra y acabar con los bombardeos en Siria.

La segunda posición, en cambio, sostiene que ante el terrorismo, la exigencia moral de la tolerancia se termina y, por lo tanto, la única solución posible es tratar de someter militarmente al Estado Islámico, incluso a sabiendas de que los bombardeos matan a mucha gente inocente.

Tiendo a separarme de ambas posiciones. En los términos de la triada que propuse al inicio, la primera posición rechaza con más fuerza la guerra y la injusticia que el dogmatismo y por esa vía tiende a celebrar el relativismo moral. La segunda, en cambio, solo se concentra en objetar el fundamentalismo y por esa vía ahonda el choque cultural y reproduce la guerra.

Quisiera asumir un punto medio entre estas dos posiciones. Un punto que tenga en cuenta el contexto histórico, pero sin derivar de ello la idea de que entonces todas las religiones y las potencias son igualmente culpables (y así, nadie es culpable). Un punto que castigue a los terroristas sin que ello implique bombardear poblaciones inocentes. Difícil, lo sé; es como caminar por la cuerda floja. Pero hay que intentarlo.

Esa cuerda floja implica, a mi juicio, varias cosas. Primero, encontrar una solución global en la que no sólo participen la mayor parte de las naciones posibles sino también los líderes de las versiones humanistas y pacíficas del Islam. Sin ellos no creo que se arregle nada.

Segundo, valorar (¿rescatar?) nuestra tradición humanista. Los occidentales tendemos a juzgar esa tradición por lo que han hecho de ella los gobernantes y los líderes políticos. Así terminamos en el absurdo de creer que George Bush o François Hollande nos representan mejor que Montaigne o Erasmo de Roterdam. En Occidente no sólo ha habido progreso científico; también ha habido progreso moral. Incluso el cristianismo, con todos sus descalabros, ha recuperado parte del humanismo de sus orígenes. En ese sentido, quizás el gran problema del Islam es que no tuvo un gran movimiento de reforma, como la tuvo el cristianismo en el siglo XVI, y por eso sigue siendo muy parecido a como era el cristianismo del siglo XIII.

Tercero, hay que evitar que se repitan hechos vergonzosos como la invasión de Irak. Ésta y la incapacidad de Occidente para resolver el problema israelo-palestino, son quizá las causas principales del terrorismo actual.

Y cuarto, hay que fortalecer el derecho y las organizaciones internacionales. Los países poderosos se comportan de manera imperialista porque no hay ley que se los impida. No es cuestión de ideología o de cultura. La historia de todos los poderosos está colmada de atropellos y felonía. Si Colombia fuera una potencia haría lo mismo. Para eso sirven las reglas jurídicas: para evitar los desmanes de los poderosos.

Sí, son demasiadas condiciones y demasiado difíciles de lograr, ya lo sé. Y para colmo, me acabo de enterar de la toma de rehenes en Mali.

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