ENTREGA 3:
ABOLIR LAS FRONTERAS
DE LO DESIGUAL.
Memorias de la lucha indígena
en la tierra guambiana

POR DANIELA JIMÉNEZ,
PERIODISTA DEJUSTICIA

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Desde Silvia, Cauca, uno de los puntos de origen del capítulo étnico de la Carta Magna, algunos aliados y aliadas de la Constitución Política hacen repaso por las memorias de lucha de los pueblos indígenas. Una historia de terquedad, defensa y reclamo ancestral.

Bárbara Muelas está sentada en la sala de su casa, una habitación que está llena de fotografías y que es, en sí misma, una discreta colección de memorias y objetos queridos. Al fondo de la sala, en una pared completa, hay un retrato de su hermana Jacinta Muelas, la luchadora, la que en vida solía decir que “para morir hemos nacido”. En el otro costado está la fotografía del hermano de ambas, el exconstituyente Lorenzo Muelas Hurtado.

La casa de Bárbara está en el municipio de Silvia, Cauca, el territorio ancestral del pueblo indígena guambiano que en sus orígenes fue llamado Øskøwampik, la tierra dorada, no por oro, ni otros metales preciosos, ni ninguna excentricidad, sino por el amarillo de los cultivos, por sus espigas y laderas florecidas.

Fotografía: Álex Ballesteros

Preguntar en Silvia por Lorenzo Muelas es escuchar un seriado de reconocimientos. El exconstituyente indígena, dicen, el exgobernador del Cabildo de Guambía, el exsenador, y así sucesivamente. A Lorenzo Muelas, sin embargo, se le ve poco por la plaza principal de Silvia. Dicen que está cansado y es normal, pues ya está por encima de los ochenta años y ya hartos cargos, luchas y responsabilidades ha tenido en esas ocho décadas de vida.

También sucede que cuando alguien habla de Lorenzo Muelas menciona el páramo de Silvia y algunos que lo conocen dicen que le dio por volverse ermitaño, que vive ahora en su rancho en algún punto encumbrado de ese municipio frío en el que, a veces, da la sensación de que las cosas están ocurriendo en otra parte, en una vasta, tranquila y silenciosa soledad.

Pero antes de ostentar cargos públicos, Lorenzo y Bárbara primero fueron niños que crecieron a la sombra del terraje. Hijos de los terrajeros Juan Bautista Muelas y Benilda Hurtado Calambás, se hicieron adultos escuchando las historias de los mayores y sabedores indígenas que relataban cómo todo lo que tenían les había sido arrebatado. “O sea que las tierras que eran nuestras”, dice Bárbara, “nos las habían quitado y otros se hicieron dueños de la tierra y dueños de la gente. Ellos, los patrones, podían hacer lo que quisieran. Eran como nuestras autoridades. Éramos terrajeros. Éramos como esclavos”.

Fotografía: Álex Ballesteros

Nada se decía tampoco de los derechos de los pueblos indígenas. Antes de la Constitución Política de 1991, cuenta Bárbara, la legislación vigente se refería a los pueblos indígenas como sujetos “menores de edad” o “salvajes”. Los terratenientes aprovechaban estos vacíos para desplazar a los indígenas hacia las laderas de las montañas, para aburrirlos y abatirlos, para no dejarlos cultivar la tierra y matarlos de hambre. Solo unos pocos se quedaron con la ilusión de algún día volver a la tierra que les habían negado.

Cuando Lorenzo, Bárbara y Jacinta eran ya adolescentes, en la década de 1980, empezaron a oír esos primeros reclamos para recuperar la tierra y las noticias de cómo el Cabildo de Guambía viajaba a Bogotá cargando papeles y memoriales, pidiéndole al Estado que les compraran la tierra, pero nadie les hacía caso. “Tocó luchar”, dice Bárbara. “Contra el terrateniente, contra el ganado bravo, contra la policía, contra todo eso”. Allí los ocho hermanos, entre ellos Lorenzo, empezaron a perfilarse como luchadores en nombre del pueblo Misak.

  • ***

Desde Piendamó, un municipio cercano a cuarenta minutos de Silvia, el Taita Mario Calambás, uno de los ideólogos de la Constitución y amigo del Taita Lorenzo, recordaría treinta años después de la creación de la Carta Magna que para 1980 el Cabildo de Guambía estaba conformado apenas por un pequeño grupo de exterrajeros que vio en el movimiento campesino de la época un espejo de su mismo problema: el asunto de la tierra.

En los ochenta, recordó Calambás, tras varios años de intentar entender los reveses de su lucha, se hizo en Silvia el primer encuentro en la historia del movimiento indígena colombiano y hasta allí llegaron integrantes del pueblo Huitoto, Emberá, Arhuaco y otros. Esos primeros pasos luego darían origen al Consejo Regional Indígena del Cauca y al Movimiento de Autoridades Indígenas del Suroccidente —AISO—.

Cuando en 1990 empezó la convocatoria para la Constituyente, Lorenzo Muelas fue uno de los primeros opcionados para el cargo por su temperamento, su carácter, y porque manejaba bien el español. Calambás, junto a otro grupo de exterrajeros, fueron a buscarlo hasta su casa. “Déjenme pensar”, les dijo. A los ocho días les confirmó que sí, que sí iba, que se postulaba, con la condición de que Calambás y los demás le ayudarían con la campaña de recolección de votos.

“Es que de acá buscaron gente y no encontraron un candidato hasta que consiguieron a Lorenzo, que era un luchador”, cuenta Bárbara. “Lo estaban buscando para matarlo. Y él decía: de algo me tengo que morir, entonces me lanzo. Y se fue para Bogotá junto a Francisco Rojas Birry”.

Ya estando en la Constituyente, Lorenzo Muelas tuvo que adaptarse, según cuenta Calambás, a numerosos ires, venires, malos tratos y tensiones. Por ejemplo, recuerda, una vez estuvo a punto de liderar una huelga de hambre, tres días sin beber nada, porque a pocas semanas de cerrar las conversaciones en la Asamblea Nacional Constituyente no había ni un solo artículo para los pueblos indígenas. Entonces dijo: “no salgo del Capitolio hasta que se incluya el capítulo étnico”. Por esa terquedad, entonces, allí se lograron varios hitos constitucionales para los pueblos indígenas como el salvaguardo a la diversidad cultural. Una de las primeras cosas que se defendió fue la lengua. El idioma propio.

Juan Muelas, sobrino de Lorenzo, tenía quince años en 1991. Oía decir en aquella época, de parte de algunos líderes guambianos, que si no participaban en la construcción de la nueva Carta Magna se iban a quedar otros 500 años sin ser reconocidos. Otros habitantes del resguardo, en cambio, se mostraban escépticos. Para que su tío pudiera llegar hasta el Capitolio del Congreso, Juan Muelas y otros jóvenes del pueblo Misak recorrieron varias ciudades haciendo campaña. “Escuchábamos consignas como Liberal vota a Liberal y recuerdo que le decíamos a la gente que entonces indígena vote a indígena para que tengamos un representante en la Constituyente”, cuenta Juan Muelas.

Fotografía: Álex Ballesteros

Y añade: “La primera barrera que tuvo el taita Lorenzo Muelas fue al llegar al Capitolio con nuestro vestido. El primer día de la posesión alguien le pidió que se quitara el sombrero. Si yo me quito el sombrero, dijo él, me voy a parecer al resto de mis compañeros constituyentes. Yo soy Lorenzo Muelas, represento a los pueblos, y no me voy a quitar el sombrero”.

Lorenzo Muelas es de decir las cosas. Temperamental. En eso coinciden los que lo conocen.  “Tiene una actitud muy firme. Dice que los jóvenes a veces son arrogantes. Él, como hijo de terrajero, se forjó en la defensa”.

***

Cuando terminó la redacción de la nueva Constitución el 4 de julio de 1991, el gobierno quería que se tradujera a las lenguas indígenas los artículos de este nuevo capítulo étnico. Entonces fue cuando llamaron a Bárbara Muelas para que tradujera la Constitución al idioma propio de los Misak, el Nam trik. Junto a ella fueron convocados representantes del pueblo Nasa, Huitoto, Arhuaco y Wayú. La tarea era monumental: es casi imposible traducir una lengua técnica, un argot jurídico, a las lenguas indígenas.

¿Cómo hizo con las palabras que no tenían nombre? Crearlas, como inventando un lenguaje nuevo para el mundo particular de cada pueblo indígena.

Por ejemplo, eso que entendemos por minería no existía en el Nam Trik porque los Misak no la practican. Para darle forma a la palabra, hasta ese momento inexistente en el Nam Trik, Bárbara y su equipo se valieron de lo que ya sabían: minería es algo que está en el suelo, que da un recurso económico. Y eso siempre se produce desde la raíz de la tierra. “Por ahí empezamos a buscar la palabra. Entonces combinamos tres cosas que es la raíz, la tierra, el recurso. Y quedó bien la palabra”.

Bárbara recién había terminado de estudiar Lingüística en la Universidad del Valle y fue una de las primeras mujeres indígenas en ir a la universidad. Le costó años de esfuerzo terminar el bachillerato, a fuerza de tocar puertas y de insistir. A las niñas indígenas no les permitían estudiar el bachillerato por ser indígenas “y quién dice que eso no es justo, porque por Constitución no teníamos derecho”.

Mientras recuerda esto, en la sala de su casa, afuera, en las calles angostas de Silvia se escucha la bocina de chivas que van y vienen cargadas de alimentos, que suben hacia la vereda Santiago para el trueque anual del pueblo Misak.

Fotografía: Álex Ballesteros

Desde allí, en esta vereda a 20 minutos de la plaza principal, el vicegobernador actual del Cabildo de Guambía, taita Álvaro Morales, aprovecharía la congregación de más de cien asistentes del pueblo Misak y otros cabildos para hablar en Nam Trik. Hablaría, por supuesto, del trueque en la vereda, de la tradición ancestral de intercambio de semillas, artesanías y otros productos agrícolas.

Fotografía: Álex Ballesteros

Luego mencionaría algunos de los tantos pendientes de los pueblos indígenas, a treinta años de la Asamblea Nacional Constituyente. Entre ellos el sistema de justicia propia, la desfinanciación, las tierras que comienzan a quedarse estrechas: “seguiremos luchando para que introduzcan en el Congreso de la República la Ley de Justicia Indígena. Hasta ahora el Estado colombiano nada nos ha dado sin luchar. Inclusive hemos puesto muertos. El gran sueño es que nos permitan continuar con nuestra autonomía, pero con financiación del Estado”.

Fotografía: Álex Ballesteros

Treinta años después, aunque a Lorenzo Muelas ya no se le ve tanto ni por la plaza como antes, quizás por agotamiento, Silvia sigue siendo punto focal de la discusión del movimiento político indígena. Nuevas generaciones siguen formándose en la dirigencia social. Mercedes Tunubalá Velasco, actual alcaldesa del municipio, primera mujer indígena en ocupar este cargo, recuerda que cuando arrancó la campaña de la Constituyente ella era apenas una joven adolescente que apoyó el proceso con recolección de firmas.  

Fotografía: Álex Ballesteros

Los recursos eran pocos y salían a las calles a pegar afiches de la campaña durante las noches: “Yo estaba en la campaña como tesorera en Cali, me acuerdo que el Taita Lorenzo Muelas ganó y me propuso que fuera su asistente en el Senado de la República. Apenas había salido del bachillerato y me eligieron secretaria del Concejo municipal y me quedé acá en Silvia”. A pesar de lo ganado, cuenta la alcaldesa, “hoy “aún no se ha garantizado del todo eso que se ganó”. Muchos pueblos indígenas siguen en riesgo de extinción y en el Cauca sigue en ascenso el asesinato de líderes y lideresas.

Bárbara recuerda que, cuando era estudiante universitaria, en esa época estaba estudiando para defender algo. Sus hermanas estaban en la cárcel debido a las jornadas de recuperación de la tierra. Quería que el futuro para el pueblo Misak fuera distinto. Se detiene un momento para mirar el retrato de su hermana Jacinta. “A mi hermana, la que está allá, la iban a matar también. Para morir hemos nacido”. Es triste contarlo, dice, y guarda silencio. La de Guambía es la historia por un nombre, un espacio y un derecho, un homenaje a las vidas perdidas. Es la historia del aguante y resistencia que persiste,  como siempre lo han hecho.  

Fotografía: Álex Ballesteros

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