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Expertos y seguidores

Mauricio García Villegas
abril 3, 2009

Publicado en: El Espectador

CUANDO UN PRESIDENTE NOMBRA A alguien en un cargo se fija que el candidato cumpla al menos con dos condiciones: 1) que conozca bien el oficio y 2) que sea fiel a su causa política. Encontrar esas dos virtudes en una sola persona no siempre es cosa fácil.

 

CUANDO UN PRESIDENTE NOMBRA A alguien en un cargo se fija que el candidato cumpla al menos con dos condiciones: 1) que conozca bien el oficio y 2) que sea fiel a su causa política. Encontrar esas dos virtudes en una sola persona no siempre es cosa fácil.

Por lo general, la gente que más sabe de algo carece de lealtades políticas y la gente que más compromisos políticos tiene casi no es experta en nada. Por eso muchas veces el gobernante está obligado a sacrificar algo de conocimiento o algo de lealtad en la persona que nombra. Que haga una cosa o la otra depende mucho de su talante como gobernante. A Barack Obama, por ejemplo, se le critica el hecho de rodearse de gente que sabe mucho pero que no tiene olfato político. A Uribe le pasa lo contrario.

Antes de explicar lo de Uribe, permítame decir esto: no siempre tiene que haber un balance equilibrado entre lealtad y conocimiento. Es natural que el aspecto político tenga prioridad en algunos cargos, como por ejemplo cuando se trata de un ministro de gobierno. Otras veces, como sucede con los miembros de la Junta del Banco de la República o con los magistrados de la Corte Constitucional, debe primar la experticia, como dicen ahora.

Pues bien, Uribe pone políticos allí justamente donde más se necesitan expertos. Aquí van dos ejemplos monumentales. El primero es el de la economía y para eso dejo hablar a un conocedor: el Presidente —dice Alejandro Gaviria en estas páginas— está divorciado de los economistas porque “prefiere tomar decisiones de manera autónoma, sin mucha discusión, sin oposición interna. Y los economistas prefieren el discernimiento, la discusión permanente, inconsciente, a veces, de las urgencias de la política”.

El segundo es la justicia. Hace poco fueron elegidos en el Senado, a partir de ternas elaboradas por el Presidente, dos nuevos magistrados en la Corte Constitucional. Esas ternas, como suele suceder en este gobierno, eran ternas de uno, es decir, sólo un candidato tenía opción de salir nombrado, los demás eran comodines. Pero esto, que viola el espíritu de la Constitución, no es lo peor. Lo más grave es que las personas designadas por Uribe no tienen ni malicia de derecho constitucional. La única certeza que tienen en la materia —que también es la razón por la cual los nombraron— es que la ley del referendo sobre la reelección, que será sometida a su consideración, es una norma que debe ser declarada constitucional.

La explicación de la preferencia de Uribe por la lealtad y el menosprecio por el conocimiento está, a mi juicio, en la naturaleza de su proyecto político; un proyecto que no sólo entraña una concepción del gobierno, sino de la sociedad, de la manera de vivir y de la moral social. Un proyecto así no requiere de pensadores sino de seguidores. Algo de eso tuvimos en Colombia a finales del siglo XIX cuando Caro y Núñez llegaron al poder.

A propósito, esto es lo que decía Enrique Restrepo de Miguel Antonio Caro: “Para él, sólo existen hombres de dos clases sobre la tierra: los que piensan como él y los otros… No hay términos medios… Bajo la capa de cada individuo de ideas ambiguas, adivina Caro al adversario que usa arteras industrias y prohibidas armas”.

Si usted considera que esa descripción de Caro dice algo de la manera de ser de Uribe, ya entendió por qué ambos prefieren trabajar con seguidores y no con expertos.

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