| Por: Mauricio García Villegasnoviembre 7, 2008

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Fe y política

NUNCA ANTES, EN UNA DEMOCRACIA occidental desarrollada, creo yo, un grupo religioso tuvo tanto poder político como el que tuvieron los cristianos evangélicos durante estos ocho años de presidencia de George Bush.

NUNCA ANTES, EN UNA DEMOCRACIA occidental desarrollada, creo yo, un grupo religioso tuvo tanto poder político como el que tuvieron los cristianos evangélicos durante estos ocho años de presidencia de George Bush.
Por eso, ellos son los grandes perdedores de la contienda electoral que terminó el pasado martes en los Estados Unidos. Alguien me dirá que exagero y que sólo se trata de una secta religiosa que, por naturaleza, tiene sus intereses puestos en “el más allá”. Pero no es así, y no lo es, no sólo porque la fe en Dios raras veces trae consigo una actitud de desprendimiento hacia la política —por lo general ocurre lo contrario— sino porque en el caso específico de los evangélicos, la lucha por el poder mundano es concebida como una cruzada encomendada por el mismo Dios.

Para los evangélicos no hay distinción entre la religión y la política. Por eso juegan en cada uno de estos dos terrenos con las credenciales del otro. Me explico: en el mundo de la política argumentan con criterio religioso y en el mudo de la religión con criterio político. Mientras que en el terreno envenenado de la política se presentan como los buenos, en el terreno metafísico de la religión se dan a conocer como los pragmáticos, como aquellos que tienen los pies en la tierra para defender las causas divinas. Por eso creen que, por encima de la Constitución y de la sociedad, está la Biblia y que sus pastores deberían ser sus gobernantes y sus gobernantes sus pastores.

Eso es lo más parecido que existe al fundamentalismo religioso. Es lo más cercano a la unión entre fe y ciudadanía que los mismos evangélicos condenan en el Islam.

Por eso, porque Sarah Palin se parece mucho a Mahmoud Ahmadinejad, muchos dejaron de votar por el partido republicano ante la peligrosa eventualidad de que ambos personajes se encontraran algún día como gobernantes de sus dos países.

Los evangélicos, además, estiman que así como la política debe estar gobernada por la religión, también lo debe estar la ciencia. Por eso, contra todas las evidencias, no creen en hechos tales como la utilidad de los condones o la evolución de las especies. Cuando la ciencia contradice sus creencias, es la ciencia la que debe ceder y no la fe. Por eso, para ellos, la verdadera ciencia dura es la Biblia —y quizá la economía del libre mercado— y no la Física o la Biología, como piensan los científicos.

Esto me lleva a pensar que el mayor peligro de la doctrina evangélica —y en general de todas aquellas que pretenden que la sociedad debe estar regida por principios religiosos— no está tanto en el contenido de sus creencias —al fin y al cabo en una democracia cualquiera puede pensar lo que quiera— sino en la manera como asumen esas creencias. Como todo lo deducen de la fe, todo lo ven en blanco y negro. No captan la complejidad del mundo. Para ellos todo está dicho. Nunca dudan, nunca oyen a los demás, ni estudian, ni investigan.

Por eso, lo que más me gustó del discurso de Obama el pasado miércoles, cuando se dio a conocer su victoria, fue su actitud de humildad frente a los enormes desafíos que enfrenta como gobernante y su disposición a escuchar y a cambiar de opinión, si fuere necesario. Es posible que todo esto se pierda en los años que vienen. Pero el hecho de que Bush nunca haya dicho algo semejante durante su campaña me da cierta esperanza.

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