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Gente para mandar

Mauricio García Villegas
mayo 8, 2009

Publicado en: El Espectador

SIEMPRE ME HA SORPRENDIDO LO mucho que se amañan los europeos en este trópico frío que es Bogotá.

 

A diferencia de sus ciudades de origen, aquí los extranjeros encuentran un tráfico caótico, gente que no cumple las citas, una burocracia estatal de pesadilla y, como si fuera poco, una especie de primavera lluviosa y eterna, más gris que en Bruselas y sin esperanza de verano. ¿Qué es entonces lo que tanto les gusta? Son quizás muchas cosas, pero creo que hay una más importante que todas y es la abundancia que aquí tienen de servicio doméstico: cocineras, lavanderas, choferes y jardineros cuidan de sus casas, de sus apartamentos y de ellos mismos, como si fueran nobles, esos mismos que hace tiempo se extinguieron en sus tierras natales.

Y así es, aquí viven casi como nobles, que es como viven los ricos de Colombia.

La enorme distancia entre pobres y ricos ha alimentado el espíritu nobiliario de las élites locales y su convicción de que cuando pagan a los humildes por sus servicios, están haciendo un acto de caridad, más que cumpliendo con una obligación legal. Ante la oferta casi incondicional de fuerza de trabajo —de pobres—, los ricos se sienten superiores.

El gran privilegio de la nobleza era el ocio. En contra del castigo divino que ordenaba ganar el pan con el sudor de la frente, los nobles ni trabajaban, ni sudaban. Por eso fueron destronados por la burguesía y terminaron orgullosos y arruinados. Pero esa burguesía llegó muy tarde a España y no caló del todo. De ahí viene quizás esa reputación de perezosos que tienen los españoles.

Pero si allá llegó tarde, aquí no llegó, o llegó a cuentagotas y muchas veces de manera distorsionada. Ni la burguesía antioqueña, que se dice tan trabajadora, es fiel reproductora de los valores burgueses. Los industriales de Medellín sólo se sienten realizados el fin de semana cuando se van para la finca y le patronean al mayordomo. Lo mismo les pasa a los ganaderos antioqueños e incluso a los políticos y a los comerciantes —que también son ganaderos— cuando se van para la finca el viernes por la tarde. Allí, después del ajetreo semanal y en medio de la servidumbre, se sienten, por fin, en lo suyo.

Pero ni siquiera los intelectuales o los académicos colombianos, que se supone son los más adaptados al mundo moderno, los más universales, los más globalizados, los más liberales, logran soslayar ese rezago nobiliario de la servidumbre. Nuestras universidades están llenas de secretarias, mensajeros y señoras que sirven tintos, hacen mandados o sacan fotocopias. Qué contraste con las universidades gringas o europeas, en donde los profesores hacen todo eso sin ayuda de nadie y en cumplimiento estricto del principio “do it yourself”.

Pero la causa de nuestro gusto nobiliario por la servidumbre no es la pereza, como quizás tampoco lo es en el caso español. Es más bien nuestro gusto por gobernar, por mandar y por tener poder. Es verdad que a todo el mundo le gusta tener poder, pero a nosotros nos gusta, sobre todo, aquel poder que consiste en tener gente al lado que nos obedezca. Mientras los burgueses quieren ser poderosos haciéndose ricos, nosotros queremos ser poderosos dando órdenes.

Por eso a los extranjeros les encanta Colombia, porque pueden ser poderosos de las dos maneras.

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